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Más que una niña: La rebelde y su protector romance Capítulo 1834

—¡Ahhh!

Con reflejos rápidos como un rayo, Darío lo tomó de la muñeca y se la torció hacia atrás con brutalidad.

Un seco «¡crac!» resonó en el aire, seguido del chillido agónico del hombre de la cicatriz.

La carta cayó al suelo, completamente intacta.

—¡Suéltame, suéltame, no me rompas el brazo!

El hombre se retorcía como un gusano, con el cuerpo casi deformado por el dolor insoportable.

Darío no lo soltó, sino que miró a Lourdes.

—¡Sucio!

Lourdes arrugó la nariz con disgusto, expresando su repulsión en voz alta.

De inmediato, Darío lo soltó, dejando que el hombre casi colapsara contra el suelo.

—Señorita, la carta en disputa. —Darío recogió la evidencia y la colocó sobre la mesa.

Lourdes encendió la linterna y apuntó a la carta. No pasó nada.

Volvió a iluminarla desde otro ángulo. Nada.

—Toma.

Lourdes le extendió su celular al hombre de la cicatriz y le dijo con total seriedad:

—Si quieres inténtalo tú, a ver si logras hacer que florezca algo.

El hombre se quedó congelado, queriendo huir pero sin poder hacerlo, temblando de miedo.

—Hace un momento ladrabas muy fuerte, ¿ahora te quedaste mudo?

Lourdes entrecerró los ojos y lo miró con desdén.

—No me importa quién te envió, puedo imaginarlo sola. Llama a tu jefe para que venga a recogerte. Y de paso, dile que si quiere arruinarme el casino, tendrá que esperar a su próxima vida.

—No, ni en la próxima vida tendrá esa oportunidad.

Tras decir esto, Lourdes dio un paso atrás y se dirigió a Darío.

—Ven, te llevaré a la enfermería.

—Sí. —Darío asintió, y luego ordenó fríamente a sus hombres—: Vigílenlos a todos.

—Sí, señor Alzamora.

Los guardias de seguridad, todos armados hasta los dientes, los rodearon de inmediato.

Los secuaces del hombre de la cicatriz retrocedieron y miraron aterrados a su jefe.

El líder miró a su alrededor, con los ojos llenos de pánico.

Estaban completamente rodeados por la gente de Lourdes Yáñez.

Su pequeño grupo no serviría ni para el calentamiento de esos matones.

Y además...

Lourdes lo había dejado muy claro: si su jefe no venía a dar la cara en persona, ella haría público el nombre del casino rival.

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