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Más que una niña: La rebelde y su protector romance Capítulo 1832

¿Presenciar a un imbécil?

Al hombre de la cicatriz le zumbó la cabeza. ¿Acaso esta mujer se estaba burlando de él?

Y además...

Si quería demostrar algo, ¿para qué apagar las luces?

El hombre pensó que Lourdes no tenía pruebas reales y solo intentaba ganar tiempo creando misterio.

En medio de la oscuridad...

Vieron a Lourdes ajustar la linterna de su celular al nivel más brillante.

Luego, apuntó directamente a la carta sobre la mesa...

Bajo la luz directa, en el mismísimo centro del naipe, comenzó a revelarse tenuemente el patrón de una Flor de Mayo.

A medida que la luz se mantenía sobre el papel, el diseño se volvió más y más nítido.

—¡De verdad implementaron una nueva marca de seguridad!

Los clientes VIP se acercaron, susurrando asombrados entre ellos.

Todos eran clientes frecuentes del Casino Costa Oeste, así que conocían bien estos detalles.

Y efectivamente, jamás habían visto ese sello de la Flor de Mayo en las cartas.

Lourdes no se molestó en explicar. Simplemente movió la luz de su teléfono hacia el resto de las cartas de la baraja.

Poco a poco...

En el reverso de todas las cartas sobre la mesa floreció una nítida Flor de Mayo en tonos púrpura y rosado.

El hombre de la cicatriz se quedó mirando las flores en las cartas, atónito.

Las cartas que él había traído en secreto no tenían esas malditas flores.

¡¿Cómo diablos hacían los falsificadores su trabajo?!

—Señorita Yáñez... —El hombre apenas iba a intentar excusarse cuando Lourdes lo interrumpió.

—Seguro quieres decir que estoy haciendo trampa, ¿verdad?

—Después de todo, esta sala privada es pequeña. Modificar las cartas aquí sería muy fácil, ¿no?

El hombre de la cicatriz se atragantó con sus propias palabras, luciendo miserable.

Ella acababa de robarle su excusa.

—Entonces vayamos al salón principal y veamos. —Con una sola orden de Lourdes, las luces de la sala VIP volvieron a encenderse.

Ella le arrojó el celular a Darío, se dio la vuelta y caminó hacia afuera.

El hombre de la cicatriz frunció el ceño y se apresuró a seguirla.

Pero se acercó demasiado, casi poniéndose a la altura de Lourdes.

Darío se interpuso en su camino de inmediato, con una mirada cargada de intención asesina.

—Lárgate.

—Tú... —El hombre de la cicatriz iba a responder con arrogancia.

A Lourdes la respetaba, o al menos le temía un poco, porque era la dueña del casino.

De inmediato, alguien alzó la voz para protestar:

—Señorita Yáñez, estamos en medio de una partida. Si apagan las luces de repente, ¿qué pasa si alguien hace un movimiento sucio?

—¡Lo entiendo perfectamente!

Lourdes curvó sus labios rojos en una sonrisa encantadora.

—Entonces hagamos esto: yo pagaré el total de las fichas que haya en juego en esta ronda. ¿Qué les parece?

¿Todo?

Eso significaba que todos en la sala ganarían automáticamente su ronda actual. ¡A ella le iba a costar decenas de millones de pesos!

—Si es así, haga lo que necesite, señorita Yáñez.

Después de todo...

Nadie está peleado con el dinero.

—Agradezco su comprensión. —Lourdes sonrió y miró a Darío.

Solo hizo falta un cruce de miradas para que él actuara.

Darío asintió con la cabeza y ordenó con voz severa:

—Apaguen las luces. Enciendan las linternas de los celulares.

Al segundo siguiente.

El gran salón quedó a oscuras y todos los guardias de seguridad del casino sacaron sus teléfonos.

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