¿Eh?
Al oír esto, los demás profesores aguzaron el oído.
Era cierto, ellos también sentían una gran curiosidad.
—Hace algunos años, estudié por adelantado todo el material —explicó Aldana con paciencia—. Así que ir o no a la preparatoria no era tan importante.
¿Lo estudió hace algunos años? Ahora mismo no tenía más de dieciocho años. ¿Cuán temprano podría haber sido? ¿En la adolescencia o cuando era una niña?
Cuanto más lo pensaban, más les zumbaba la cabeza a los profesores.
—¿Todo... lo estudiaste todo? —preguntó Andrea, tragando saliva y forzando una sonrisa.
—Sí.
Aldana asintió levemente, sin un ápice de arrogancia en su delicado rostro.
Como si dominar todas las materias fuera para ella un asunto trivial e insignificante.
Los demás profesores no podían sentir otra cosa más que asombro.
—Ya veo —dijo Andrea, tan sorprendida que por un momento no supo qué más decir—. Los profesores te juzgaron mal sin conocer la situación. Puedes decirnos si tienes alguna petición.
Por ejemplo... Pedir que los profesores se disculparan o algo por el estilo.
Los demás profesores, especialmente Tomás, estaban increíblemente nerviosos.
Ciertamente la habían acusado injustamente... No había nada de malo en disculparse.
Pero antes había jurado con vehemencia que si Aldana sacaba una calificación perfecta, la llamaría «maestra».
Tomás estaba al borde de las lágrimas. ¿Podría llamarla así en privado?
Si lo hacía delante de tanta gente, Leandro, ese viejo cascarrabias de física, se burlaría de él por el resto de su vida.
Justo cuando Tomás se sentía como si estuviera sentado sobre alfileres...
—¡Sí! —Aldana levantó un poco la cabeza, pensó durante unos segundos y dijo sin prisa—: Ahora que el malentendido se ha aclarado, ¿pueden dejarme ir?
—¿Qué?
Andrea se quedó helada, sin entender.
—Ya casi es hora de comer. Si voy tarde, la cafetería estará llena y ya no quedará la comida que quiero.
Aldana frunció los labios, su tono era muy sincero.
Hoy en la cafetería había carne con cilantro, y tenía muchas ganas de comerla.

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