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Más que una niña: La rebelde y su protector romance Capítulo 1748

Gilda frunció el ceño, sintiendo que el rostro le ardía sin control.

—Héctor...

—Está bien, está bien —sabiendo que estaba tentando su suerte, Héctor decidió no presionar más—. Escucharte decir que me extrañas me hace muy feliz.

Gilda apretó los labios, sin saber cómo lidiar con una reacción tan intensa.

Con solo decirle que lo extrañaba, él se ponía así de alegre.

—Mi zorrita, tengo que ir a trabajar. Te haré una videollamada cuando termine.

—De acuerdo.

Gilda no dijo nada más y simplemente colgó.

Acto seguido.

Utilizando el número que le había dado Aldana, se comunicó con los miembros de la Liga de Hackers.

—Hola, quiero investigar el itinerario reciente de una persona, así como su historial de mensajes.

—El nombre es Alondra Valeriano.

***

Al día siguiente.

Gilda revisó las cámaras de seguridad de la entrada del estudio y descubrió que algunas personas disfrazadas habían estado arrojando huevos y verduras podridas a las puertas.

Incluso había quienes habían lanzado pintura roja y colgado mantas.

Que decían: Justicia para la clase trabajadora.

¿La clase trabajadora?

El que orquestaba todo esto era un verdadero experto en manipular al público.

Y así fue.

Cada vez más personas exigían que Gilda diera la cara para explicar la situación.

Gilda cerró el video y le mandó un mensaje a Dalia: [¿En qué hospital está internado Vicente Quintero?]

Dalia respondió de inmediato con la dirección: [Jefa, ¿va a ir a buscarlo al hospital? La entrada está llena de reporteros.]

Gilda: [Qué coincidencia. Una de las doctoras de ese hospital fue alumna mía, yo misma la entrené.]

Tenían una buena relación, e incluso Gilda la había ayudado a deshacerse de su esposo abusivo.

Con algo tan pequeño como esto, seguramente no se negaría a ayudarla.

***

Al mediodía.

Gilda se cambió de ropa, se puso una gorra y llegó al hospital.

La doctora Beatriz, al escuchar la situación, accedió a ayudarla de inmediato.

—Entrenadora Gilda, yo no creo que usted sea capaz de hacer algo así.

La doctora frunció el ceño, muy indignada:

—Alguien tiene que estar armando esto a sus espaldas.

La entrenadora Gilda era la mejor persona que había conocido.

Vicente Quintero yacía en la cama, con el brazo enyesado y el rostro pálido como un cadáver.

En la puerta de la habitación.

Unos hombres fornidos de traje negro hacían guardia. La excusa era protegerlo, pero en realidad lo estaban vigilando.

En ese momento.

Entró una enfermera y anunció de forma rutinaria:

—Paciente Vicente Quintero, cama 28, lo llevaré a traumatología para un chequeo de rutina.

—¿De verdad es necesario revisarme esta mano? —preguntó Vicente apoyado en la pared, mirando su mano derecha fracturada e hinchada como un guante de box, con una voz cargada de sufrimiento.

Había escuchado claramente el diagnóstico médico.

En todo el país casi no había especialistas que se atrevieran a hacer esa cirugía.

En el extranjero...

Tal vez, pero él no tenía el dinero para pagarlo.

Y para rematar.

Quienes lo controlaban tampoco querían que se curara; si pudieran, preferirían que se muriera.

Así el Estudio Gilda cargaría con esa culpa para siempre.

—No voy a ir —suspiró Vicente con el rostro lleno de angustia—. Enfermera, exijo que me den el alta.

Si no había cura, no tenía sentido seguir desperdiciando dinero en el hospital.

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