—Ese viejo de los Valeriano ha sido amigo tuyo por años. ¿Tampoco vas a meter las manos por él? —Doña Marcela se inclinó hacia Don Ignacio, con los ojos bien abiertos, pronunciando cada palabra con firmeza.
—No, no, p-por supuesto que no —tartamudeó el anciano del susto, dejando clara su postura de inmediato—. Los Valeriano actuaron muy mal. Yo defiendo la justicia, no el nepotismo.
»Además, todo lo que dice mi esposa es ley, así que haré exactamente lo que tú digas.
—Entonces está decidido —murmuró Doña Marcela, satisfecha al ver que su marido no tenía (ni se atrevía a tener) objeciones—. Sigamos comiendo.
—Sí, señora.
Don Segundo y Elvia asintieron dócilmente, casi hundiendo la cara en sus platos.
Don Ignacio también tomó sus cubiertos y procedió a comerse la mitad del huevo de codorniz que su esposa le había hecho soltar del susto.
—A comer, a comer. La policía se encargará de todo ese asunto —añadieron Feliciano y Brunilda, intentando aligerar la tensión de la mesa.
Aldana no había pronunciado ni una sola palabra durante toda la conversación, pero había grabado cada detalle en su mente.
Al escuchar la férrea defensa de la familia, sintió como si una corriente cálida le recorriera el pecho, abrazando su alma y llenándola de una alegría infinita.
Definitivamente, en su vida pasada debió haber salvado el universo para tener la suerte de caer en una familia tan maravillosa.
Aldana se inclinó hacia su abuela política y le sonrió con inmensa dulzura.
—Abuela, pruebe esto.
—Ay, gracias, mi niña hermosa —la fiereza y autoridad que Doña Marcela había mostrado hace un segundo desaparecieron por completo, siendo reemplazadas por la sonrisa de una abuela amorosa—. No te tomes muy a pecho lo que pasó hace un rato.
»Tu tía Elvia es que...
—Lo sé, abuela —respondió Aldana con voz suave y comprensiva—. No estoy molesta con mi tía.
Elvia levantó la vista. Tenía la boca tan llena de comida que sus mejillas parecían las de un hámster.
Viendo la escena, era evidente a quién había salido Héctor.
Ambos tenían esa mezcla perfecta de torpeza y encanto.
—Me alegra mucho escucharlo —suspiró Doña Marcela con alivio. Y así, la familia continuó cenando en completa armonía.
***
—Papá, me voy a esforzar muchísimo —antes de colgar, el tono de Héctor se volvió completamente solemne—. En este último año, he aprendido demasiadas cosas estando al lado de Gilda.
»Ella me enseñó lo que significa la perseverancia y el coraje para seguir adelante. Quiero demostrar que, incluso sin el respaldo de los Lucero, puedo construir mi propio imperio.
»Llegará el día en que por fin podré quitarme esta etiqueta de niño rico.
Aunque nunca llegara a ser tan imponente como su hermano mayor, quería al menos demostrar su propio valor.
—Has madurado mucho —respondió Don Segundo, con la voz ligeramente quebrada por el orgullo—. El trabajo es importante, hijo, pero cuídate mucho. La seguridad es primero.
Había revisado el clima en el país Fendael, y sabía que los vientos estaban siendo brutales. Las pruebas de Drones Centinela tenían que hacerse en la cima de las montañas bajo ráfagas intensas para llevar el equipo al límite.
Como padre, sentía tanto orgullo como angustia.
***
En el piso de arriba.
Aldana estaba sentada en el cómodo sofá de la habitación de Brunilda. A su lado, reposaba una bolsa de regalo espectacular.

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