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Más que una niña: La rebelde y su protector romance Capítulo 1774

—Ese viejo de los Valeriano ha sido amigo tuyo por años. ¿Tampoco vas a meter las manos por él? —Doña Marcela se inclinó hacia Don Ignacio, con los ojos bien abiertos, pronunciando cada palabra con firmeza.

—No, no, p-por supuesto que no —tartamudeó el anciano del susto, dejando clara su postura de inmediato—. Los Valeriano actuaron muy mal. Yo defiendo la justicia, no el nepotismo.

»Además, todo lo que dice mi esposa es ley, así que haré exactamente lo que tú digas.

—Entonces está decidido —murmuró Doña Marcela, satisfecha al ver que su marido no tenía (ni se atrevía a tener) objeciones—. Sigamos comiendo.

—Sí, señora.

Don Segundo y Elvia asintieron dócilmente, casi hundiendo la cara en sus platos.

Don Ignacio también tomó sus cubiertos y procedió a comerse la mitad del huevo de codorniz que su esposa le había hecho soltar del susto.

—A comer, a comer. La policía se encargará de todo ese asunto —añadieron Feliciano y Brunilda, intentando aligerar la tensión de la mesa.

Aldana no había pronunciado ni una sola palabra durante toda la conversación, pero había grabado cada detalle en su mente.

Al escuchar la férrea defensa de la familia, sintió como si una corriente cálida le recorriera el pecho, abrazando su alma y llenándola de una alegría infinita.

Definitivamente, en su vida pasada debió haber salvado el universo para tener la suerte de caer en una familia tan maravillosa.

Aldana se inclinó hacia su abuela política y le sonrió con inmensa dulzura.

—Abuela, pruebe esto.

—Ay, gracias, mi niña hermosa —la fiereza y autoridad que Doña Marcela había mostrado hace un segundo desaparecieron por completo, siendo reemplazadas por la sonrisa de una abuela amorosa—. No te tomes muy a pecho lo que pasó hace un rato.

»Tu tía Elvia es que...

—Lo sé, abuela —respondió Aldana con voz suave y comprensiva—. No estoy molesta con mi tía.

Elvia levantó la vista. Tenía la boca tan llena de comida que sus mejillas parecían las de un hámster.

Viendo la escena, era evidente a quién había salido Héctor.

Ambos tenían esa mezcla perfecta de torpeza y encanto.

—Me alegra mucho escucharlo —suspiró Doña Marcela con alivio. Y así, la familia continuó cenando en completa armonía.

***

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