—¿Con quién hablabas?
Aldana se acomodó gustosamente entre sus brazos y sacó el celular para jugar.
—Con Héctor.
Rogelio respondió en voz baja mientras le ponía una uva pelada en la boca:
—Me estaba reclamando por haberle ocultado lo de la entrenadora Gilda.
—¿En serio?
Aldana dejó de masticar, alzó la vista y arqueó una ceja.
—¿Qué mosca le picó en el extranjero que anda tan gallito? ¡Qué valor para atreverse a reclamarte!
—Supongo que como ahora soy el «marido perfecto», se le olvidó a qué me dedicaba en el pasado. —Rogelio esbozó una sonrisa lobuna que desprendía un encanto perverso.
—¿Y qué le dijiste?
—Le sugerí que te llamara a ti para exigirte explicaciones. Con eso tuvo para cerrar el pico. —La sonrisa de Rogelio se ensanchó aún más.
—Ah, qué bonito. Ahora resulta que usas a tu esposa de escudo para espantar a los demás, ¿no es así, Rogelio el invencible? —Aldana le dio un pellizco en la cintura, fingiendo enojo.
—Es que tú eres quien manda —Rogelio se inclinó y le dio un pequeño beso en la comisura de los labios—. Míralo, nada más mencioné tu nombre y Héctor se quedó mudo.
—Más te vale que eso haya sido un halago —masculló Aldana volviendo su atención a la pantalla de su juego.
—Jm.
De un excelente humor, Rogelio se limpió las manos y empezó a jugar con el cabello oscuro y sedoso de la chica, diciéndole en voz ronca:
—Hoy nos toca cenar en la mansión.
Tenían por costumbre ir un par de veces a la semana a cenar y hacerles compañía a los dos abuelos de la casa.
Si llegaban un par de minutos tarde, los ancianos usaban a Rogelio como costal de boxeo.
—Ya casi es hora. Vamos a alistarnos para irnos.
—Vale.
Aldana lo dijo, pero siguió acurrucada en su regazo sin mover un dedo.
Rogelio soltó una risita resignada, le pasó un brazo bajo las rodillas y la levantó en vilo.
—¡Oye! ¡Aún no me he cambiado! —Aldana se aferró de su brazo.
—No te apures, yo te ayudo a quitarte esa ropa —le susurró Rogelio, metiéndola directo a la habitación.
Cuando por fin salieron.

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