A mitad del camino, Alondra miró furtivamente hacia atrás y descubrió que Gilda, en efecto, la seguía.
Si ella corría, Gilda aceleraba el paso.
Justo cuando creyó que por fin la había despistado y podía soltar un suspiro de alivio...
Al segundo siguiente.
Gilda apareció de la nada frente a sus ojos.
—¡¡¡Ah!!!
Alondra no soportó más la tortura psicológica. Tiró sus compras al piso, corrió hacia Gilda y le gritó enfurecida:
—¿Qué quieres? ¡¿Qué demonios quieres de mí?!
Gilda seguía mirándola fijamente, sin pronunciar palabra.
—¿Qué pasa? Como sabes que no puedes meterme a la cárcel, ¿solo te queda seguirme como un alma en pena?
Alondra esbozó una sonrisa torcida y le soltó una carcajada fría:
—Para que te quede claro: mi familia no se quedará de brazos cruzados, así que tu berrinche no servirá de nada.
—¿Ah, sí?
Gilda alzó levemente la vista y habló con total desinterés:
—El departamento 204, edificio 9, en el sector A del Complejo Residencial Paraíso, esa es tu dirección actual, ¿verdad?
Alondra se quedó helada. ¿Cómo lo sabía?
—Te mudaste ahí hace cinco días, y en todo este tiempo solo has salido tres veces. La primera fuiste a un bar, la segunda al cine y la tercera a este centro comercial...
Gilda ignoró su cara de asombro y continuó con voz gélida:
—¿Quieres que te detalle los restaurantes a los que fuiste y los platos que pediste?
»Si no me crees, revisa estas fotos.
Gilda sacó un fajo de fotografías, se las entregó a Alondra y habló con parsimonia:
—Desde el instante en que pusiste un pie en ese departamento, tuve todos tus movimientos fríamente calculados.
La cabeza de Alondra le daba vueltas; sentía un zumbido, y su voz temblaba:
—Si sabías dónde estaba, ¿por qué no llamaste a la policía para arrestarme?
—Porque quería jugar.
Gilda enarcó una ceja y le dedicó una sonrisa afilada antes de responder:
—Jugar al gato y al ratón siempre es un pasatiempo muy entretenido.
Alondra estaba en shock.
Es decir.
»¿Quién crees que pudo haber sido?
Al escuchar la pregunta, Alondra detuvo su pulgar en seco y la miró, paralizada:
—¿Qué quieres decir? ¿Insinúas que mi propio padre o mi abuelo te dieron la información?
»Soy su hija y nieta favorita. ¡Jamás me harían algo así!
—Qué casualidad. Justo ibas a llamarlos para pedir ayuda, ¿no?
Gilda mantenía una calma implacable, pronunciando cada palabra con claridad:
—Aprovecha y pregúntales a cuál de los dos se le ocurrió enviar el correo.
»O mejor no —Gilda sonrió con malicia—. Primero deberías preguntarte si siquiera entrarán tus llamadas.
Alondra no quiso creerle. Le dio al botón de llamar.
Del otro lado sonó el mensaje automático: «El número que usted marcó no se encuentra disponible».
Era verdad.
Su abuelo y su padre la habían bloqueado.
—Alondra Valeriano... —murmuró Gilda, mirándola de reojo—. Ríndete, nadie vendrá a salvarte.
Alondra se quedó petrificada en su lugar, como si un rayo la hubiera partido en dos.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Más que una niña: La rebelde y su protector