Antes, Alondra Valeriano se había dedicado a jugar con los demás como si fueran idiotas.
¿Acaso creía que con pasar unos días encerrada en una celda todo se solucionaría mágicamente?
Las cosas no eran tan fáciles.
—De acuerdo —asintió Héctor, y le dijo en voz baja—: Diviértete, pero no te exijas demasiado.
***
Centro de la ciudad.
Para evitar que la reconocieran, Alondra se había puesto un cubrebocas.
Bajó de su auto de lujo.
Caminaba felizmente del brazo de su amiga hacia el interior.
De pronto, creyó ver una silueta muy familiar a lo lejos.
¿Gilda?
Odiaba tanto a Gilda que la reconocería aunque estuviera hecha cenizas.
Alondra se detuvo en seco y por puro instinto se escondió detrás de su amiga.
—¿Qué pasa? —preguntó la amiga, curiosa.
—Creo que acabo de ver a Gilda —susurró Alondra, bajando la voz—. A la izquierda. Fíjate si todavía está ahí.
—¿Gilda?
La amiga miró hacia ese lado, pero entre la multitud no vio ni rastro de Gilda.
—No hay nadie. ¿Estás alucinando?
La amiga suspiró con impotencia.
—Si esa tipa te hubiera visto, ya estaría corriendo detrás de ti para atraparte.
—Es verdad.
Alondra sintió que tenía lógica, pues Gilda estaba ansiosa por destruirla.
Seguramente había sido su imaginación.
Continuaron de compras, felices de la vida, y en media hora ya habían gastado cerca de un millón de pesos.
Cansadas de tanto caminar, Alondra sugirió ir a comer un postre.
A mitad de su descanso, fue al baño. Mientras se lavaba las manos, de repente vio a través del espejo a una mujer idéntica a Gilda pasando por detrás.
El movimiento de sus manos se congeló, giró la cabeza de golpe y descubrió que no había absolutamente nadie.
Imposible.
Ella juraría que acababa de ver a Gilda.
Alondra, sin querer creerlo, salió corriendo para comprobarlo.

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