Dejándose ordenar, mandar y hasta regañar por ella.
Y lo más increíble de todo...
El Mandatario no solo no se enojaba, sino que parecía disfrutarlo.
Si no lo estuviera viendo con sus propios ojos, habría creído que estaba alucinando.
¿Era este el mismo Mandatario despiadado que conocía?
—Qué conmovedor.
Camilo no apartaba los ojos de la pareja; su sonrisa no llegaba a los ojos.
—Desde que éramos niños, yo, como el hermano mayor, siempre tuve el derecho a elegir primero lo mejor. No me imaginé que, tras unos años en el exilio, a él le tocaría disfrutar de un banquete tan exquisito.
Al recordar los días miserables que había vivido todos esos años...
La rabia en el pecho de Camilo se hizo aún más ardiente.
Lourdes Yáñez...
Acababa de revisar su expediente. Era una joya absoluta.
Las que eran sensuales no eran tan encantadoras, y las que eran encantadoras no tenían su sensualidad.
¿Qué suerte tuvo Darío para encontrarse con alguien así?
Y se notaba que estaba loco por ella.
Tenía el título de Mandatario, y además a esa belleza a su lado...
¿Cómo era posible que todo lo bueno le tocara a él?
Un perdedor como Darío no merecía tener nada bueno en esta vida.
—¿Qué averiguaste de Lourdes Yáñez? —preguntó Camilo con voz fría—. ¿Quién la respalda?
—Ya lo investigué todo —respondió el subordinado con respeto—. Ella era huérfana y por una serie de casualidades heredó el Casino Costa Oeste. No hay ninguna gran facción detrás de ella.
—Sin embargo, hace años, hubo alguien que la protegía tanto en la luz como en las sombras.
—El problema es que, hasta el día de hoy, nadie ha podido descubrir la identidad de esa persona.
—¿Nadie lo sabe?
Camilo encendió un cigarrillo, lo sostuvo entre sus dedos y exhaló una bocanada de humo.
—Con la cantidad de buitres en el Continente de Bravaria que le han echado el ojo, si no fuera por la protección de Darío, ya se la habrían devorado viva sin dejar ni los huesos.
Sin ir más lejos, él mismo se moría de ganas de probarla.
Era perfecta.
—Joven amo Camilo, ¿qué planea hacer? —preguntó el subordinado con cautela.
—Antes, Darío no tenía ninguna debilidad. Si lo acorralabas, peleaba a muerte. Era imposible ganarle —sonrió Camilo, con una expresión retorcida—. Pero ahora, creo que acabo de encontrar su talón de Aquiles.
Desde la antigüedad, hasta los más grandes héroes sucumben ante la belleza de una mujer.
Al parecer, su hermanito no era la excepción.

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