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Más que una niña: La rebelde y su protector romance Capítulo 233

—¿Está rota?

La mirada de Rogelio se clavó profundamente en la chica. Sus labios delgados se curvaron ligeramente en una sonrisa, y su voz contenía una risa magnética.

—Sí —contestó Aldana.

Inclinó la cabeza con indiferencia, sus ojos de zorro se entrecerraron mientras explicaba con calma:

—Yo no la rompí.

—Ah.

La sonrisa en los ojos de Rogelio se acentuó y su voz se tornó perezosa.

—Qué coincidencia.

Esa explicación sonaba más a una confesión.

Aldana parpadeó, en silencio.

Tenía razón, era demasiada coincidencia.

—¿Se rompió la puerta? —preguntó Eva saliendo de la cocina, justo a tiempo para escuchar la conversación. Con su habitual amabilidad, añadió—: Llamaré a alguien para que la repare de inmediato.

—No es necesario, que la arreglen en un par de días —la detuvo Rogelio, con un atisbo de sonrisa casi imperceptible en sus ojos.

¿En un par de días? Eva se quedó perpleja por unos segundos.

—Si no la arreglan, ¿dónde dormirá la señorita Carrillo?

En el último piso había tres habitaciones: el dormitorio del señor, el de la señorita Carrillo y el estudio. Y en el estudio no había cama.

Además, reparar una puerta no llevaría tanto tiempo.

Aldana no dijo nada, simplemente miró fijamente a Rogelio.

—Aldi dormirá en mi habitación, yo dormiré en el sofá —Rogelio curvó los labios con pereza, su voz magnética y agradable—. Eva, prepara todo, por favor.

—¿Ah?

Los ojos de Eva se movieron de uno a otro, sin acabar de entender.

Había oído que el hermano de la señorita Carrillo volvería al país en estos días para llevársela, pero viendo a este par…

Uno no quería que se fuera, y la otra no quería irse.

Después de cuidar tanto tiempo a la señorita Carrillo, ya le había tomado cariño. Si de verdad se la llevaban, la echaría de menos. Y ni hablar del señor.

Eva era genial, ya era hora de que Rogelio le subiera el sueldo.

— — —

Diez de la noche.

Rogelio terminó de trabajar y abrió suavemente la puerta de su dormitorio.

Lo primero que vio fue a la chica, dormida profundamente sobre el escritorio, con el bolígrafo aún en la mano. La hoja del examen bajo su mejilla estaba casi en blanco.

Si sacaba la máxima calificación en todo, ¿realmente necesitaba hacer la tarea?

Rogelio frunció ligeramente el ceño. Se acercó a ella en silencio y, agachándose, le susurró con ternura:

—Aldi, hey.

Aldana dormía profundamente. Al ser despertada de golpe, un rastro de irritación asomó en sus ojos soñolientos. Pero en cuanto reconoció el rostro frente a ella, la irritación se desvaneció por completo.

—Duerme en la cama. Te puedes resfriar aquí —la mirada de Rogelio se tornó más seria. Acarició suavemente la mejilla de la chica con el dedo, su voz anormalmente ronca—. Hazme caso.

—No he terminado —bostezó Aldana, tan cansada que apenas podía mantener los ojos abiertos—. Tengo que entregarla mañana a primera hora.

—Tú duerme, déjame el resto a mí —Rogelio bajó la vista, tomó el bolígrafo de su mano y le dijo en voz baja y suave—: Yo la haré por ti.

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