Y al final, una última línea añadida a las prisas: [Le diré a mi asistente que pase a recoger a la gata].
El documento parecía estar en regla. Ella no estaba pidiendo absolutamente nada.
«…»
Félix sostuvo el Acuerdo de Divorcio, con la mente hecha un caos.
Apenas ayer todo estaba perfecto, ¿por qué diablos quería divorciarse de un día para otro?
No podía ser porque le había invadido la cama, o porque le cambió el nombre a la gata sin permiso, ¿verdad?
Incapaz de entenderlo, Félix tomó su teléfono y marcó el número de Casiana.
«El número que usted marcó se encuentra apagado», fue la respuesta de la operadora.
«…»
Félix se masajeó el puente de la nariz. El dolor de cabeza que a duras penas había logrado controlar volvió a punzar con fuerza, dejándolo mareado.
Tras pensarlo un momento.
Buscó el número de la asistente de Casiana:
—¿Dónde está Casiana?
—¿S-señor Hidalgo? —La asistente, sorprendida de que él la llamara, tartamudeó—: La directora salió de viaje a Europa esta mañana. Tardará unos días en volver. A esta hora, ya debe ir en el avión.
—¿A qué parte de Europa? —indagó Félix.
—No me lo dijo —respondió la asistente con honestidad—. Creo que es una clienta de élite que ella atiende de manera personal, el estudio no maneja esos detalles.
—Entendido. Si tienes noticias suyas, avísame de inmediato. Y no te preocupes por la gata, yo me haré cargo.
Tras colgar, Félix se dejó caer en el sofá, con la mirada perdida en la nada.
—¡Miau!
Sin que él lo notara, Gordito se había acercado hasta sus piernas, mirándolo con elegancia.
—Y todavía maúllas. —Félix le acarició la peluda cabecita con desgano—. Tu madre nos acaba de abandonar a los dos.
¿Qué estaba pasando?
¿Acaso su táctica de dar lástima no había funcionado?
¿Tal vez no le echó suficiente drama?
Mientras intentaba descifrar el misterio, su teléfono volvió a sonar:
—Doctor Hidalgo, surgieron algunas dudas sobre el plan de tratamiento de Doña Inés y necesitamos revisarlas con usted.
Era la voz de Fabiola.
Casiana siempre se encargaba de atenderla personalmente.
—Me parece perfecto. —Silvia seguía caminando cuando, de pronto, sus ojos se abrieron como platos al mirar hacia un rincón de la cafetería—. ¡Madre mía, Cari! ¡Tu marido es un grandísimo patán!
—¿De qué hablas?
—¡Lo acabo de ver aquí en la cafetería con Fabiola! —Silvia se escondió detrás de una columna, lanzando miradas asesinas a la parejita de enfrente—. Apenas le dejas los papeles del divorcio, ¡y el muy descarado ya tiene tiempo para tener una cita con su amor platónico! ¡Qué desgraciado!
—Tú misma lo dijiste, es su amor platónico. —Casiana había reflexionado mucho la noche anterior y ya lo tenía todo asimilado—. El puesto de la señora Hidalgo siempre le perteneció a ella. Ya era hora de desocupar el lugar.
—Mejor así.
Silvia soltó un largo suspiro.
—Mándalo a volar de una vez y cásate con Gustavo Galván. Yo siempre he dicho que al licenciado le gustas mucho.
Joven, guapo, exitoso, y lo más importante: no traía arrastrando ningún amor platónico como el idiota de Félix.
Mientras más hablaba, más coraje le daba a Silvia. En cuanto terminó la llamada, le marcó a Gustavo Galván sin perder un segundo.
—Licenciado Galván, le aviso que mi Casiana acaba de firmar los papeles del divorcio y huyó a Europa. La verdad, me tiene muy preocupada.
—Si tiene contactos por allá, le agradecería que me ayudara a echarle un ojito.
Que Félix Hidalgo, ese desgraciado, se arrepienta por el resto de su vida.

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