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Más que una niña: La rebelde y su protector romance Capítulo 1504

«…»

Gustavo Galván estaba de pie frente al inmenso ventanal de su oficina. Una sombra de confusión cruzó su apuesto rostro.

¿Acaso anoche, cuando llamó, no estaban juntos todavía?

—¿Me estás diciendo que Casiana firmó un Acuerdo de Divorcio? —Gustavo recuperó la compostura y su voz sonó ronca y pausada.

—¡Así es!

Silvia confirmó con entusiasmo.

—Licenciado, póngase las pilas. Si logra conquistarla, le prometo que yo pongo un buen billete para la boda.

«…»

Gustavo apretó los labios. Sin decir una palabra más, colgó.

Se quedó en un pesado silencio durante un largo rato.

Finalmente, presionó el intercomunicador de su escritorio y llamó a su asistente:

—Pepe, cancela absolutamente todo lo que tengo agendado. Y búscame un vuelo para Europa hoy mismo.

—Pero jefe, hoy tenemos una negociación de suma importancia… —le recordó Pepe con cautela.

—Tengo un asunto que es de vida o muerte —respondió Gustavo con voz grave.

Hace tres años dejó escapar esta misma oportunidad. Ahora que el destino se la volvía a poner en bandeja de plata...

Sin importar lo que costara, estaba dispuesto a jugársela por todo.

***

En Europa.

Casiana llegó a una espectacular mansión estilo colonial y se sentó en el recibidor a esperar a la señora Javiera.

Aprovechando que la dueña aún no bajaba, se retocó el maquillaje a toda prisa para ocultar las profundas ojeras que adornaban su rostro.

—¡Casiana, querida!

La señora Javiera, luciendo un impecable vestido largo, se acercó a ella irradiando alegría.

—¡Cuánto tiempo sin verte! Te he extrañado muchísimo.

—Señora Javiera, qué gusto verla.

Casiana se puso de pie y la saludó con un cálido beso en la mejilla.

—Veamos las prendas que le traje, quedaron espectaculares.

—Ay, me muero de ansias.

La señora Javiera le regaló una sonrisa resplandeciente. Tras admirar los vestidos, le lanzó una mirada inquisitiva y preguntó:

—Casiana, te noto algo demacrada. ¿Peleaste con tu esposo?

—¿Eh?

Casiana alzó la vista. Estuvo a punto de mentir, pero desgraciadamente, nunca había sido buena para ocultar sus emociones.

—Has estado llorando. —La señora Javiera la descubrió en un segundo—. Nuestro humor de mujeres siempre termina a merced de las tonterías de esos patanes.

«…»

Casiana forzó una sonrisa, incapaz de articular palabra.

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