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Más que una niña: La rebelde y su protector romance Capítulo 942

Al ver a Lourdes caminar hacia ellos, la mirada de Rogelio se ensombreció y colocó a Aldana detrás de él.

Sospechaba que, aquel día, la mujer estaba mirando a Aldi, no a él.

—Señor Rogelio, es un placer verlo.

Lourdes se detuvo, entrecerró los ojos y sus labios rojos se curvaron en una leve sonrisa.

—¿De verdad? —Rogelio la observó con indiferencia, notando cómo la mujer, con una sonrisa radiante, no dejaba de mirar a Aldana. Su tono fue frío y distante—. ¿Te parece que yo estoy contento?

Si no fuera porque salvó a Aldi, ¿acaso seguiría pavoneándose frente a él?

—Eh…

La sonrisa de Lourdes se congeló en su rostro.

«Qué mal genio tiene. No entiendo qué le vio esta jovencita», pensó.

—Señorita Carrillo, escuché que vendría a la recepción y le guardé un trozo de pastel especialmente para usted.

Lourdes le extendió la caja que sostenía.

—Ella no come cosas que le dan extraños. —Rogelio tomó la mano de Aldana, su tono tan frío que mantenía a cualquiera a distancia.

¿Por qué sentía que esa mujer le estaba coqueteando a Aldi? ¡Maldita sea! ¿No sería que de verdad estaba interesada en ella?

—Yo sí quiero comer.

De repente, la voz de Aldana interrumpió la tensión, y tomó el pastel.

Rogelio no supo qué decir. Lourdes enarcó una ceja, le hizo un gesto de despedida y, con su copa en la mano, se mezcló entre la multitud.

En poco tiempo, varios hombres de élite y exitosos se acercaron a ella, llenándola de halagos.

Lourdes sonreía con una coquetería seductora, manejando la situación con total naturalidad.

—El favor que te debía por salvarte ya está saldado.

Rogelio apartó la vista con aire despreocupado y la posó tiernamente en Aldana, que estaba comiendo.

—No te acerques mucho a ella en el futuro —le recordó con voz ronca.

Había oído que su pasatiempo era mantener a jóvenes atractivos. No quería que corrompiera a su Aldi.

Aldana levantó la vista y observó a Lourdes, quien se movía entre los hombres con una sonrisa encantadora, aunque sus modales no se excedían en lo más mínimo.

«¿Realmente está sonriendo?», pensó Aldana. «Esa sonrisa parece más amarga que feliz».

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