—¡Zorra, estás buscando la muerte!
El borracho se cubrió la cabeza, que le dolía intensamente, y avanzó de nuevo hacia ellas con los puños en alto.
*¡Pum!*
Lourdes levantó su bolso y, con un revés, lo estrelló con fuerza en la cara del hombre.
—¡Ah!
El bolso era duro, y el golpe hizo que el borracho gritara de dolor.
*¡Plaf!*
Aprovechando que el hombre no había reaccionado, Lourdes lo pateó directamente al estanque que estaba al lado.
—¡Aaaah!
El agua, helada por el crudo invierno, lo devolvió a la sobriedad de golpe. Empezó a gritar desesperadamente pidiendo ayuda.
—¿A quién llamabas zorra, imbécil?
Lourdes, de brazos cruzados, lo miraba desde la orilla mientras él chapoteaba, y preguntó sin prisa.
—¡A mí, me llamaba a mí! ¡Yo soy el imbécil! ¡Perdóname la vida, heroína, ayúdame a salir!
El hombre, medio muerto de frío, temblaba mientras suplicaba.
—Ah.
Lourdes respondió con indiferencia, y una sonrisa maliciosa se dibujó en sus labios rojos.
—Tienes la boca un poco sucia. Lávatela primero.
—Aaaah…
El hombre luchaba en el agua, a punto de congelarse, hasta que finalmente Lourdes fingió ir a buscar ayuda.
—Iba caminando y se cayó sin querer. La señorita Carrillo y yo pasábamos por aquí y lo vimos todo.
Dos sirvientes sacaron rápidamente del estanque al hombre, que ya estaba inconsciente.
—Gracias, señorita Carrillo, señora Yáñez.
—De nada —respondió Lourdes con una sonrisa afable—. Ayudar a los demás es una virtud.
Una vez que se llevaron al hombre, Lourdes se giró para mirar a Aldana, que había permanecido en silencio todo el tiempo.
—Ejem… —Al ver que Aldana la miraba con una expresión serena, Lourdes se aclaró la garganta y se arregló el pelo con elegancia—. He practicado Taekwondo, así que puedo encargarme de canallas como ese.
«¿Ha practicado? Se nota».

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