¿Quién?
El corazón de Aldana se contrajo bruscamente. Dio un pequeño paso y, con voz ronca, volvió a preguntar:
—Por favor, dígalo otra vez, no le oí bien.
—¡Lourdes!
Pensando que Aldana no la conocía, el director, solícito, abrió su teléfono y le mostró una foto.
La persona en la foto aparentaba tener unos veinte años, sin maquillaje, con un rostro limpio y pálido.
Era completamente diferente a la Lourdes que ella conocía, siempre con un maquillaje cargado, sensual y seductora.
Como si fueran dos personas distintas.
Lourdes.
Realmente era ella.
Así que cuando Rogelio dijo que su silueta se parecía a la de Gilda, no estaba diciendo tonterías.
«Si mi sexta hermana no llevara un maquillaje tan cargado, ¿la habría reconocido antes?».
—Gracias.
Aldana, mirando la foto, esbozó una leve sonrisa.
—Gracias por darme esta buena noticia.
«Gracias, Dios mío».
«Por proteger a mi familia, por permitir que mi sexta hermana regrese sana y salva».
—De nada.
El director negó con la cabeza y, secándose las lágrimas, suspiró:
—Esa chica ha sufrido mucho estos años. Aunque por fuera parece serena, en realidad su corazón está lleno de amargura.
—Señorita Carrillo, espero que en el futuro la ayude a superarlo.
—Lo haré —asintió Aldana, recordando la expresión de Lourdes cuando, borracha, se apoyó en su hombro quejándose de la injusticia del destino.
Sintió una punzada en el corazón.
Pero pronto sabría que el destino sí la favorecía.
Ya no estaría sola. Tenía familia, mucha familia.
—Rogelio, dame mi bolso.
Aldana respiró hondo y se giró hacia el hombre, cuyo rostro estaba pálido, con un tono de urgencia.
—Dentro está la tarjeta de presentación de mi sexta hermana.
Tenía que llamarla ahora mismo.
Rogelio se aferró al bolso, con la mente hecha un lío.
«¿Cómo es posible que la sexta hermana de Aldi sea Lourdes?».

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