Afuera de la comisaría.
Un Maybach negro estaba estacionado a un lado de la calle. El hombre miraba fijamente la entrada con una expresión inescrutable, sus labios apretados en una línea recta y sus ojos oscuros desprovistos de emoción. Era imposible saber qué estaba pensando.
En el asiento del conductor estaba Camilo. Miraba por el espejo retrovisor con frecuencia, y al ver que su jefe no se movía, no pudo evitar sentir curiosidad.
Junto a Renato Jiménez, en el asiento trasero, había otro hombre. Llevaba un traje de tres piezas muy tradicional; aunque sus facciones no destacaban, tenía un rostro agradable.
En ese momento, Jaime Zavala miraba confundido al hombre a su lado. Llevaban casi una hora esperando; no había dicho si iban a entrar ni si se iban a marchar. ¿Qué significaba esto?
Finalmente, incapaz de contenerse, preguntó:
—Presidente Jiménez, ¿vamos a entrar o no?
Las manos de Renato, descansando sobre sus piernas, hacían girar lentamente su celular. Al escuchar sus palabras, bajó la mirada.
—Los esperaré aquí.
Jaime Zavala y Camilo bajaron del auto y entraron a la comisaría.
...
Sala de interrogatorios.
El personal de la comisaría estaba atendiendo al Director Larreta como a un rey, preparándole café Geisha de la mejor calidad. Magdalena, por otro lado, estaba en una situación lamentable; nadie le prestaba atención y sentía que su garganta estaba tan seca que casi echaba humo.
Miró a los oficiales que adulaban ansiosamente al Director Larreta y dijo:
—¿Podrían darme un vaso de agua, por favor?
Un joven oficial le respondió con pésima actitud:
—¿Te crees que la comisaría es tu casa o qué?
Ella se humedeció los labios resecos. Sin ganas de discutir con él, simplemente giró la cabeza para mirar por la ventana.
El Director Larreta se estaba impacientando. Su abogado, un experto en leer el ambiente, notó esto y preguntó:

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