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Me Casé con el que Pagó Mi Venganza romance Capítulo 338

—No es nada —Magdalena Sarmiento tomó su bolso—. No me preparen el almuerzo, comeré fuera.

Magdalena condujo hasta el Resort Praderas del Sur. Como era jueves, no había demasiada gente en el lugar.

Se dirigió directamente a la Librería del Bosque. Había algunos turistas pagando en el mostrador, y Virginia Jiménez les estaba dando su cambio.

Al verla ocupada, Magdalena decidió no interrumpir. Sacó un libro del estante y lo hojeó distraídamente. Una vez que los turistas se marcharon, devolvió el libro a su lugar y se acercó a la caja.

—Señora Huerta.

Virginia la miró con genuina sorpresa.

—¿Cómo es que tienes tiempo libre hoy? ¿No tienes que ir a trabajar?

Magdalena metió las manos en los bolsillos de su abrigo, con el rostro en calma.

—Vine a buscar un poco de paz y tranquilidad.

Salió a la terraza y se sentó en una de las sillas de mimbre. Virginia salió de detrás del mostrador, preparó dos tazas de café y se sentó frente a ella. Al notar que la joven permanecía en silencio, decidió preguntar.

—¿Sigues angustiada porque tus suegros no te aceptan?

Magdalena se recostó en la silla, con las manos entrelazadas sobre su vientre, y fijó la mirada en el puente colgante a la distancia.

—Esa es solo la mitad del problema.

Virginia alzó las cejas, intrigada.

—¿Y la otra mitad?

—Problemas en mi relación con mi esposo —admitió con franqueza.

La curiosidad de Virginia aumentó.

—¿No se llevan bien?

Llevaban muy poco tiempo casados, eso no tenía mucho sentido.

Una leve sonrisa seguía dibujada en los labios de Magdalena, pero su tono estaba teñido de melancolía.

—Creo que se casó conmigo únicamente por el bebé.

Virginia la miró con escepticismo y, con un toque de malicia, le sugirió:

Magdalena se quedó asombrada. El señor Huerta llevaba diez años muerto. ¡Eso significaba que hace diez años Virginia ni siquiera había llegado a los treinta! Quedarse viuda tan joven y mantener ese luto durante una década entera...

Realmente admiraba ese tipo de amor, uno que ni siquiera la muerte podía borrar.

—No me mires con tanta admiración —dijo Virginia, dándole una mirada de soslayo, y añadió en voz baja—: A decir verdad, si no viera sus fotos todos los días, creo que ya habría olvidado cómo era su rostro.

¿Tan evidente había sido su expresión?

Magdalena se tocó las mejillas, sintiéndose increíblemente avergonzada.

—Estoy segura de que su historia juntos fue hermosa.

Virginia sonrió, pero no continuó con el tema. Al ver a la joven mirándola con ojos llenos de curiosidad y ganas de saber más, no supo si reír o llorar.

—Lo que deberías estar haciendo ahora es preocuparte por cómo ganarte a tus suegros, no estar husmeando en las historias de los demás.

Magdalena soltó un suspiro de resignación.

—Preocuparme por eso no servirá de nada.

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