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Me Casé con el que Pagó Mi Venganza romance Capítulo 337

Apenas amaneció, Magdalena se despertó. A su lado, la cama estaba vacía; extendió la mano y notó que las sábanas no conservaban ni rastro de calor.

Tomó el celular de la mesa de noche para revisar la hora: eran solo las siete de la mañana. Ese era exactamente el momento en el que él solía despertar.

Era apenas la hora, pero su lado de la cama estaba completamente frío. Eso significaba que la había dejado sola en cuanto se durmió la noche anterior.

¿Acaso ya no quería dormir en la misma cama que ella?

Bajó las escaleras en ropa de dormir. Olga, que preparaba el desayuno en la cocina, escuchó sus pasos, salió a recibirla y la saludó.

—Joven señora, qué madrugadora hoy.

Al no ver a Renato en la sala, Magdalena preguntó:

—¿Dónde está él?

Olga pareció confundida.

—Aún no se ha levantado.

Magdalena dio media vuelta, subió al segundo piso y fue a buscarlo al estudio, pero tampoco estaba ahí. Justo cuando salía del estudio, Renato salió de la habitación de invitados. Al escuchar la puerta, cruzaron miradas.

En la habitación de invitados no guardaba ropa, así que llevaba puesta la bata de baño, cuyo cuello entreabierto dejaba a la vista su clavícula. Llevaba puestas unas pantuflas idénticas a las de ella.

Magdalena se le acercó, y aunque ya conocía la respuesta, no pudo evitar hacer la pregunta.

—¿Dormiste en la habitación de invitados anoche?

Con el rostro completamente inexpresivo, él asintió con un seco «Sí» y entró a la habitación principal. Ella se quedó de pie en el umbral, observándolo mientras se quitaba la bata frente al clóset para ponerse la camisa y los pantalones de vestir.

Lo observó en absoluto silencio mientras se anudaba la corbata y se colocaba el reloj; sus movimientos eran pausados, seguros y elegantes.

Una vez que se ajustó los puños, se volvió hacia ella.

—Ven, te aplicaré la medicina.

Casi por instinto, ella lo rechazó.

—No hace falta, le pediré a Olga que me ayude con la medicina.

Al terminar de comer, Renato se preparó para salir. Olga le entregó su saco, él se lo puso y, mientras se ajustaba el cuello, dejó una última instrucción.

—Recuerda aplicarle la medicina.

Olga lo acompañó hasta la salida de la sala.

—Entendido, señor.

Al escuchar el motor del auto en el jardín, Magdalena se acercó a la ventana en pantuflas, justo a tiempo para ver cómo el vehículo se alejaba de la casa.

Se quedó de pie frente a la ventana por tanto tiempo que las piernas se le entumecieron. Solo entonces se dio la vuelta, caminó hacia el clóset, se vistió, salió de la habitación y bajó las escaleras.

Olga estaba trapeando el piso. Al verla, la saludó con un cálido «Joven señora», fue a la cocina, se lavó las manos y sacó el desayuno para servirlo en la mesa.

Una vez que terminó de comer, Magdalena hizo ademán de salir, pero Olga la detuvo.

—Joven señora, aún no le he aplicado su medicina.

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