Estaba a punto de regresar el celular a su sitio cuando recordó algo. Buscó el contacto de Renato Jiménez y le escribió un mensaje de texto.
*¿Ya comiste?*
Mientras esperaba respuesta, no dejaba de vigilar el pasillo que daba hacia el baño. Aproximadamente dos minutos después, Renato contestó.
*Comiendo.*
Aunque solo era una palabra, fue suficiente para dejar a Paula completamente paralizada.
Si la relación entre ellos fuera puramente laboral, conociendo el estilo de Renato, habría ignorado ese mensaje de inmediato.
Pero había respondido. Y, aunque la respuesta no revelaba grandes sentimientos, el simple hecho de que lo hiciera era completamente inusual.
Pero Paula no era la única sorprendida; en la oficina de presidencia, Camilo también lo estaba.
Había subido comida del restaurante y la había colocado en el escritorio de Renato. Justo cuando estaba a punto de retirarse, escuchó que el teléfono de su jefe emitía el sonido de un mensaje de texto.
Renato tomó el celular y lo miró. Aunque su rostro mantenía su habitual frialdad implacable, Camilo notó claramente cómo su mirada se oscurecía profundamente. Luego, sus dedos teclearon algo con rapidez y, en el silencio de la oficina, se escuchó el inconfundible sonido de confirmación de envío.
A Camilo casi se le cae la mandíbula al suelo. El Presidente Jiménez siempre había detestado los mensajes de texto, sentía un profundo desdén por ellos.
Para él, cualquier asunto que pudiera resolverse con dos palabras en una llamada, no requería teclear una frase entera. Le parecía ridículo y una pérdida de tiempo.
Quienes lo conocían sabían de esta costumbre, así que si necesitaban algo, siempre llamaban. Si alguien le enviaba un texto, por muy urgente que fuera, Renato lo ignoraba sistemáticamente.
¡Y sin embargo, acababa de contestar uno!
...
Paula se quedó mirando esa sola palabra tratando de descifrarla, y rápidamente envió otro mensaje.
Renato se quedó mirando el nuevo mensaje en su pantalla con el ceño levemente fruncido. Si tenía algo que decirle que no podía hablar en el trabajo, bien podía llamarlo, ¿por qué citarlo en un lugar como un parque?
En un principio, no pensaba ir, pero al recordar lo distraída y agobiada que se había visto en los últimos días, supuso que realmente le pasaba algo grave. Tras quedarse un poco más de tiempo trabajando en la oficina, salió a las siete y media en su auto rumbo al Parque del Centenario.
Llegó a las siete y cincuenta y ocho. Como el parque no quedaba lejos de la universidad, estaba lleno de parejas en citas románticas.
Salió del auto, se apoyó contra la puerta y encendió un cigarrillo. Observando a los enamorados que pasaban tomados de la mano, recordó su propio pasado.
En su mejor época, él también había amado a alguien y había hecho exactamente lo mismo que esas parejas.
Desde la entrada del parque, Paula observaba al hombre apoyado en el vehículo a lo lejos. La forma experta en que fumaba desprendía una elegancia innata. Las tenues luces de las farolas alargaban su sombra y hacían que su rostro impecable y frío pareciera un poco borroso.
Ella solo había querido ponerlo a prueba, pero nunca imaginó que él realmente iría... y mucho menos que esperaría con tanta paciencia.
Un estallido de celos la hizo apretar su bolso con fuerza. ¿Por qué Magdalena Sarmiento tenía derecho a gustarle a un hombre así?

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