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Me Casé con el que Pagó Mi Venganza romance Capítulo 256

Hablando de dinero y estatus, la Corporación Sarmiento de hoy en día no era nada del otro mundo, mientras que la empresa de su padre iba en ascenso. Además, ella era la única hija de Adán Suárez, lo que significaba que algún día heredaría todo. Solo ella era verdaderamente digna de Renato Jiménez.

Renato ya se había fumado tres cigarrillos seguidos y Magdalena seguía sin aparecer. Levantó la muñeca para mirar su reloj: ya eran las ocho y media. Su ceño profundamente fruncido dejaba en evidencia su impaciencia.

Paula, que ya había sacado el número de Magdalena, estaba lista. Al ver que Renato sacaba su celular, ella rápidamente presionó el botón de llamar.

La llamada conectó y al otro lado se escuchó la suave voz de Magdalena.

—¿Señorita Paula?

—Magdalena, ¿qué haces? —preguntó Paula mientras se alejaba sigilosamente del parque.

Renato intentó llamar a Magdalena, pero la línea marcaba ocupado. Lleno de frustración, tiró la colilla al suelo, la aplastó con el zapato, abrió la puerta de su auto y, con el rostro completamente ensombrecido, arrancó a toda velocidad.

...

Ajena al hecho de que supuestamente ella misma había "citado" a Renato, Magdalena se sorprendió al recibir la llamada de Paula.

La otra chica no dijo nada en concreto, solo le preguntó qué estaba haciendo y luego se puso a hablar de temas triviales y dispersos. Por mera educación, Magdalena escuchó pacientemente, respondiendo con alguna palabra de vez en cuando.

Cuando por fin colgaron, se quedó completamente extrañada. Pensó que Paula la llamaba por algo importante, pero después de charlar por un largo rato, no llegó a ningún punto.

...

A la mañana siguiente, cuando Camilo fue a Bahía del Sur a recoger a Renato para ir al trabajo, notó inmediatamente que su jefe amaneció de un humor de perros.

Y, como era de esperarse, pasó toda la mañana con un aura amenazante.

Sonó el teléfono interno de la oficina y, al ver que era de la oficina de presidencia, Magdalena contestó con voz suave:

—Presidente Jiménez.

—Café.

La única palabra sonó como si estuviera cargada de pólvora, y antes de que ella pudiera decir nada, él cortó la llamada. Hizo una mueca de disgusto al teléfono, fue a prepararle su café y se lo llevó a la oficina.

Renato ni siquiera levantó la vista; sus ojos seguían clavados en los documentos, pero su voz indiferente arrastraba un tono gélido reprimido a la fuerza:

Nuestro precio es solo 1/4 del de otros proveedores

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