La enfermera de turno llegó apresurada al escuchar la discusión:
—¡Qué es todo este escándalo! ¡Esto es un hospital, los pacientes necesitan descansar!
Como perros rabiosos, la señora Guzmán y los otros dos se callaron de inmediato. Al ver que Lázaro salía de la habitación, corrieron a toda prisa y entraron a empujones.
Cuando la enfermera se fue, en el amplio pasillo solo quedaron él, Fátima y el abogado Soler. Fátima lo miró con preocupación. Él esbozó una leve sonrisa, una sonrisa tan fría como la profunda oscuridad de la noche.
Poco después, se escucharon llantos provenientes de la habitación. No eran lamentos desgarradores, pero sí mostraban un dolor real.
Lázaro se quedó inmóvil, incapaz de dar un paso. Sabía que aquel que le había apretado la mano, esperando que lo llamara papá, acababa de fallecer.
Aunque lo odiaba, por sus venas corría su sangre, así que cumplió su último deseo y lo llamó papá.
Todos habían entrado a la habitación, y solo él permanecía en el pasillo. Miraba fijamente la pared sin enfocar la vista. Su apuesto rostro reflejaba una mezcla de tristeza, rencor y, tal vez, alivio.
Matías acababa de morir. Y la esposa a la que siempre había protegido, junto a sus otros dos hijos, en lugar de discutir los arreglos funerarios, estaban acosando al abogado Soler por el testamento.
El abogado Soler leyó las disposiciones frente a ellos. Matías le había dejado a su esposa la mansión Guzmán y algunos títulos de valores. Leonardo y Kevin recibieron un cinco por ciento de las acciones cada uno y una casa. El treinta por ciento restante pasó a ser propiedad exclusiva de Lázaro.
En la habitación, cuando Matías le tomó la mano y le dijo que le dejaba la empresa Guzmán, Lázaro ya había deducido el contenido del testamento. Al escucharlo ahora, no mostró ninguna expresión; ni siquiera un destello cruzó por sus ojos.
Al oír el testamento, la señora Guzmán comenzó a reír a carcajadas. Rió tanto que las lágrimas se le escaparon y empezó a murmurar para sí misma:
—Hasta el día de tu muerte estuviste pensando en ellos dos. Qué cruel fuiste, Matías Guzmán.

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