Alguien se sentó en el lugar de enfrente, y ella alzó la mirada; se trataba de Virginia Jiménez, con un largo saco color café claro. Virginia sonrió y preguntó:
—¿Qué haces aquí tú sola sumida en tus pensamientos? ¿Pasa algo?
Con la cabeza apoyada en las manos, su rostro lucía decaído y sombrío:
—A mi suegra no le agrado.
Virginia se asombró:
—¿Te casaste?
—Así es —asintió, con una deslumbrante sonrisa formándose en sus labios y los ojos rebosando de júbilo—. Justo hace una semana.
Ocultando su sorpresa, Virginia llamó al mesero para pedirle un vaso de agua fresca. El muchacho volvió rápidamente con la bebida; ella aferró el vaso, sin quitarle los ojos de encima:
—¿Y luego? ¿Acaso piensas tirar la toalla?
Magdalena se había imaginado que lo primero que le preguntaría era quién era su marido:
—Eso no es posible, ni siquiera porque ya espero un bebé.
Virginia posó la mirada en su vientre:
—¿Estás embarazada?
—De diez semanas. —Pese a la diferencia de edades, a Magdalena le parecía muy amena la compañía de Virginia. Platicar juntas y sin presiones le daba la impresión de estar conversando con alguien de su edad.
La comisura de los labios de Virginia se alzó formando una sonrisa:
—Muchas felicidades.
—Creo que me estás felicitando antes de tiempo —respondió Magdalena, y su tono de voz dejó asomar una pizca de aflicción, aunque desapareció tan rápido que nadie lo hubiese notado.
Virginia levantó el vaso para proponer un brindis con agua:
—Tanto casarse como el hecho de esperar un bebé son grandes alegrías que vale la pena celebrar; mereces mis felicitaciones.
Ella tomó su propio vaso para brindar, cerrando un poco sus oscuros y relucientes ojos:
—Aun si ese es el caso, mis suegros se niegan a reconocer mi existencia, y ahora incluso han intentado sobornarme con dinero a cambio de que deje a mi esposo.
Virginia le dio un pequeño sorbo a su agua, que estaba a temperatura ambiente:
—No tienes el aspecto de ser del tipo de mujer que se dejaría influenciar por el dinero.
El simple hecho de recibir un elogio sincero de parte de alguien a quien apenas conocía provocó que Magdalena sintiera una oleada de felicidad invadiendo su corazón. Apoyó el mentón entre las manos y contestó sin la menor preocupación:
—Mientras mis necesidades estén resueltas y no me falte nada, ¿de qué me serviría tener más de la cuenta? Hasta me asustaría que alguien tratara de robarme.
Y, con toda franqueza, el individuo le dijo:
—A mi regreso del trabajo, si mis ocupaciones me lo permiten, podría ayudarla en algunas de las labores del hogar.
La mujer contraatacó de nuevo:
—¿Cometería alguna indiscreción matrimonial?
El hombre pareció quedarse desconcertado por unos segundos, como si sus preguntas hubieran tomado un rumbo inesperado:
—Guardaré mis votos de lealtad al compromiso matrimonial que contraeré; es un acto de amor hacia la familia.
Apretando el popote de su bebida entre los dientes, le preguntó:
—¿Será bueno conmigo?
Y el sujeto, sin pensarlo dos veces, contestó:
—Claro que sí.
—Hasta el Presidente Guzmán acabó separándose de su mujer, ¿cómo puede darme la certeza de sus palabras?
En un principio, Magdalena no le había dado ninguna importancia a aquel comentario, pues su atención estaba enfocada en presenciar cómo el hombre se las ingeniaba para salir bien librado ante el aluvión de preguntas y luego miraba la cara de la mujer con recelo, por temor a haberse equivocado.

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