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Me Casé con el que Pagó Mi Venganza romance Capítulo 317

Alguien se sentó en el lugar de enfrente, y ella alzó la mirada; se trataba de Virginia Jiménez, con un largo saco color café claro. Virginia sonrió y preguntó:

—¿Qué haces aquí tú sola sumida en tus pensamientos? ¿Pasa algo?

Con la cabeza apoyada en las manos, su rostro lucía decaído y sombrío:

—A mi suegra no le agrado.

Virginia se asombró:

—¿Te casaste?

—Así es —asintió, con una deslumbrante sonrisa formándose en sus labios y los ojos rebosando de júbilo—. Justo hace una semana.

Ocultando su sorpresa, Virginia llamó al mesero para pedirle un vaso de agua fresca. El muchacho volvió rápidamente con la bebida; ella aferró el vaso, sin quitarle los ojos de encima:

—¿Y luego? ¿Acaso piensas tirar la toalla?

Magdalena se había imaginado que lo primero que le preguntaría era quién era su marido:

—Eso no es posible, ni siquiera porque ya espero un bebé.

Virginia posó la mirada en su vientre:

—¿Estás embarazada?

—De diez semanas. —Pese a la diferencia de edades, a Magdalena le parecía muy amena la compañía de Virginia. Platicar juntas y sin presiones le daba la impresión de estar conversando con alguien de su edad.

La comisura de los labios de Virginia se alzó formando una sonrisa:

—Muchas felicidades.

—Creo que me estás felicitando antes de tiempo —respondió Magdalena, y su tono de voz dejó asomar una pizca de aflicción, aunque desapareció tan rápido que nadie lo hubiese notado.

Virginia levantó el vaso para proponer un brindis con agua:

—Tanto casarse como el hecho de esperar un bebé son grandes alegrías que vale la pena celebrar; mereces mis felicitaciones.

Ella tomó su propio vaso para brindar, cerrando un poco sus oscuros y relucientes ojos:

—Aun si ese es el caso, mis suegros se niegan a reconocer mi existencia, y ahora incluso han intentado sobornarme con dinero a cambio de que deje a mi esposo.

Virginia le dio un pequeño sorbo a su agua, que estaba a temperatura ambiente:

—No tienes el aspecto de ser del tipo de mujer que se dejaría influenciar por el dinero.

El simple hecho de recibir un elogio sincero de parte de alguien a quien apenas conocía provocó que Magdalena sintiera una oleada de felicidad invadiendo su corazón. Apoyó el mentón entre las manos y contestó sin la menor preocupación:

—Mientras mis necesidades estén resueltas y no me falte nada, ¿de qué me serviría tener más de la cuenta? Hasta me asustaría que alguien tratara de robarme.

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