Magdalena tiró el celular sobre la mesa. Con la intención de bajar a servirse un vaso de agua, se dio la vuelta y, en ese instante, vio a Renato Jiménez apoyado en el marco de la puerta.
Llevaba una camisa blanca, sin corbata. Los dos primeros botones del cuello estaban desabrochados, dejando entrever sus atractivas clavículas. Bajo la luz, sus ojos profundos brillaban con un tono cálido, desprendiendo un aura relajada pero salvaje.
Ella se quedó paralizada un segundo, antes de que una leve sonrisa se dibujara en sus labios y sus ojos se curvaran como medias lunas.
—¿Ya terminaste?
Renato se acercó a ella. Con la luz brillante iluminando el lugar, bajó la mirada para verla; toda la contención en el fondo de los ojos de ella quedó expuesta ante él.
Con la mirada serena, le dijo:
—No tienes por qué sentirte agraviada. Antes estabas sola, pero de ahora en adelante me tendrás a mí.
Magdalena alzó su pequeño rostro para mirarlo. La luz de la lámpara de cristal del techo se reflejó en sus ojos, haciéndolos brillar como si tuvieran estrellas incrustadas.
Al encontrarse con su mirada tierna, sorbió un poco por la nariz y dijo:
—Solo siento que se me hiela el corazón.
El cálido aliento de Renato la rozó. Con una voz profunda, atractiva y un leve tono de broma, murmuró:
—Si hubieras puesto de tu parte y hubieses nacido niño, tal vez te habría mimado toda la vida y serías su mayor tesoro.
Magdalena se quedó sin palabras.
Abrió los ojos de par en par, mirándolo fijamente. ¡Esa no era forma de consolar a nadie! Era echarle sal a la herida, arrancarle la costra de un dolor que llevaba años supurando.
—Sin embargo... —Él le levantó el delicado mentón con un dedo y le dio un roce suave y tierno en los labios antes de añadir con voz calmada—: Menos mal que Dios fue sabio y naciste niña, o de lo contrario, no tendría esposa.
Magdalena, que se sentía un poco deprimida, no supo si reír o llorar al escuchar eso. Este hombre de verdad la hacía amarlo y odiarlo al mismo tiempo.

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