No necesitaba esforzarse por agradarles. Además, ese tipo de formalidades no encajaba con su estatus ni con su personalidad.
El problema era Beatriz. Magdalena frunció su hermoso ceño y le advirtió:
—A mi mamá no le hace ninguna gracia que nos hayamos casado en el registro civil sin decirles nada. Si llega a hacer algún comentario fuera de lugar, por favor no te enojes, ten un poco de paciencia. Después, si quieres, puedes desquitarte conmigo.
Las palabras de Magdalena le sacaron una sonrisa a Renato. Sus ojos oscuros brillaban con ternura. Estiró la mano y pellizcó suavemente su preciosa mejilla:
—Sé exactamente qué hacer.
De pronto, a ella se le ocurrió otro detalle muy importante. Con cara de angustia confesó:
—No les he dicho que estoy embarazada.
Renato emitió un sonido de afirmación:
—Déjame el resto a mí. Tú solo concéntrate en ser la señora Jiménez.
Al llegar a la casa de los Sarmiento, bajaron del auto. Renato fue a la parte trasera, abrió el maletero y sacó varios regalos elegantes y muy costosos.
Magdalena lo miró sorprendida. Al ver los paquetes en sus manos, se quedó boquiabierta. Resultaba que sí había venido preparado.
Renato la miró de reojo:
—¿Piensas dejarme aquí parado todo el día?
Ella se acercó con una sonrisa apenada para tomar las cosas:
—Te ayudo.
Renato se apartó a un lado, esquivando sus manos:
—Si tus padres te ven cargando, pensarán que te estoy maltratando.
¡Oye, ella solo quería ayudar!
Octavio Sarmiento había cancelado todos sus compromisos ese día y llevaba un buen rato esperando en la sala. Al ver que Magdalena de verdad había llevado a Renato Jiménez, supo que no había mentido la noche anterior:

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