Cada día al volver de la escuela, lo primero que hacía era ir a ver el arbolito. Lo regaba y le quitaba los insectos con mucho cuidado. Temía matarlo por darle demasiada agua o secarlo si le ponía muy poca; siempre fue sumamente cuidadosa con él.
Gracias a sus esmeros, el árbol logró sobrevivir, y cada día crecía más fuerte y saludable, hasta que el tronco alcanzó el grosor de su muñeca.
El día de su decimoctavo cumpleaños, ella y Lázaro tallaron sus nombres en el tronco. Él además añadió unas palabras al final: *Juntos para siempre*.
En ese entonces, ella de verdad pensó que estarían juntos para siempre; que se casarían, tendrían hijos, irían a trabajar, lavarían ropa y cocinarían juntos.
Pensó que cuando llegaran a la vejez, él seguiría cuidándola y consintiéndola.
Creía que en los años transcurridos desde que ella se había marchado nadie lo habría cuidado y que probablemente habría muerto. No esperaba encontrarlo con vida y con una fuerza tan vigorosa.
Dio unos pasos hacia adelante. En el robusto tronco del árbol, aquellas palabras talladas aún permanecían allí. No se imaginaba que, después de tantos años, las letras seguirían existiendo.
De pronto escuchó junto a su oído la voz profunda y suave de un hombre:
—Aún recuerdas este lugar.
Ese lugar era un recuerdo compartido solo entre ellos dos.
Ella bajó la mirada; sus largas y oscuras pestañas proyectaron sombras sobre sus párpados:
—Solo estaba dando un paseo.
No había venido allí a propósito, ni había ido a buscar ese árbol en particular; y mucho menos estaba extrañando el pasado.
Lázaro dio un par de pasos hacia adelante hasta quedar a su lado, contemplando el árbol cargado de frutas:
—Durante los tres años desde que te fuiste, nadie se comió estas granadas, así que le pedía a Teresa que las cosechara y las regalara.
En toda la familia Sarmiento, ella era la única a la que le gustaba comer granadas; un gusto que había cultivado cuando vivía en Villa del Sauce.
Magdalena se mantuvo en silencio.
Lázaro arrancó un par de ellas de una de las ramas inclinadas y se volvió para entregárselas. Ella se quedó mirando las granadas, rojas y enormes en sus manos. Apretó los labios con tanta fuerza que se volvieron un poco pálidos.

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