Tal vez por el desgaste de tanto trabajo en los últimos días, a Fátima le faltaba energía al responder y se notó cierta evasión en sus palabras:
—Reina es una niña encantadora, si yo llegara a unirme a la familia de otro hombre en el futuro, seguramente él también la adoraría y le daría todo su cariño como padre. Así que no tiene de qué preocuparse.
Don Jonás cerró los ojos y, al fruncir el ceño, las arrugas se marcaron profundamente en su amplia y marchita frente.
Mientras esto ocurría, el celular de Fátima no dejaba de sonar. Tras la primera llamada, lo había puesto en silencio; era su asistente.
Una vez que Don Jonás se dispuso a descansar, Fátima salió de la habitación para devolverle la llamada. Tratándose de un asunto de urgencia laboral, tuvo que regresar a la oficina, dejando a Magdalena y Beatriz al cuidado del anciano.
Tras conversar con el doctor sobre la salud de Don Jonás, Octavio Sarmiento volvió al cuarto. Al ver al anciano dormido, le lanzó una mirada a Magdalena, abrió la puerta de la habitación y salió. Magdalena, captando el mensaje, lo siguió de inmediato.
Afuera, tras avanzar unos cuantos pasos por el pasillo, Octavio Sarmiento se detuvo en seco, al igual que ella. Él le dirigió la palabra:
—Ya me enteré de todo lo que pasó en el complejo turístico. El Presidente Jiménez te ha tratado de maravilla, así que te corresponde estar a su nivel y ser una buena esposa.
Ella contestó de forma sumisa y serena:
—Así lo haré.
Octavio Sarmiento la fulminó con una mirada de reojo:
—No quiero verte seguir los pasos de Fátima. ¿Me explico?
Tras un instante de silencio, apretó los labios y contestó:
—Pierda cuidado, nuestra relación marcha a la perfección.
Octavio Sarmiento le estaba dejando muy claro que más le valía cuidar de su matrimonio y que, bajo ninguna circunstancia, se divorciara de Renato Jiménez.
No cualquiera podía engancharse a alguien como Renato Jiménez. Obviamente, Octavio Sarmiento deseaba que su relación perdurara; al final del día, él como su suegro también se llenaba de prestigio ante la sociedad.
Octavio Sarmiento asintió con la cabeza, murmuró un seco "Más te vale" y se abrochó el botón central de su saco:
—Tengo asuntos pendientes en la empresa. Tú y tu madre encárguense de él en el hospital.
……
En la oficina del presidente de Grupo Metrópolis.


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