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Me Casé con el que Pagó Mi Venganza romance Capítulo 419

Paula Suárez había estado concentrada siempre en su persona. Ese acto que pasó en la ceguera de todos llegó de golpe a su ego, destiñendo y transformando de coraje un rostro verde y blanco, luego blanco y rojo.

El banquete había culminado. Ninguno de los invitados estuvo libre del alcohol pero cada director cargaba un asistente.

Renato Jiménez acudió de milagro y desprovisto de apoyo, por lo tanto el encargado principal del Grupo Centauro gestionó a un suplente conductor de ayuda para su regreso.

Adán Suárez comentó:

—Descuiden por eso, Paula no se ha metido una copa encima; permitan que ella lo acompañe en su regreso.

Con las oscuras motivaciones descubiertas y clavadas por los ojos de los ajenos, el viejo zorro retomó las tácticas:

—Presidente Jiménez, Doña Rita ha querido saber de ti; acude y ve a la señora si es que cuentas con la fortuna del tiempo libre.

Esas disculpas no solo desestimarían lo obvio que era el intento de amarrar a su hija a este exitoso muchacho, también funcionaría como confirmación indirecta a su estrecha y leal camaradería; todo con intenciones claras por lograr el favor en negocios presentes o venideros.

Sopesando la influencia o gracia que tuviera sobre Rita, Renato Jiménez decidió restarle peso, doblando apenas el borde del labio pero con carencia de voz.

Renato Jiménez acudió al baño, permitiéndole así a Paula Suárez mantenerse dentro del lugar como Adán Suárez lo propuso. Ella descubrió su pequeño espejo, acicaló lo despeinado y tiñó sus labios de rojo de nuevo.

Mientras regresaba el espejo a la bolsa, en lo calmado y lúgubre del cuarto de repente brotó el ritmo inconfundible de un timbre proveniente de las sillas donde el abrigo había descansado.

El teléfono pitaba insoportablemente; un pitazo, luego paró y a este prosiguió el otro y con timidez en la mano retiró el objeto del saco y su pantalla mostraba la palabra "Magda".

Pasó primero de un mar de dudas al estupefacto asombro, y para rematar con la verde y agria ira.

Con el semblante sombrío que Renato Jiménez traía se asimilaba la idea ridícula en las entrañas de ser dulce con Magdalena Sarmiento.

De su cara brincaban destellos de envidia, y como una serpiente venenosa, sus dedos con uñas rojas deslizaron la pantalla y la acercó a la oreja:

—Bueno...

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