Magdalena Sarmiento dejó los cubiertos a un lado, su bello rostro mostraba una expresión serena y apacible:
—Él no quiere verme. Por más cosas que prepares, de nada servirá.
—Tú no quieres verme, y yo tampoco deseo verte, así que, ¿para qué habría de volver?
Todas y cada una de las frases que le dijo el día anterior seguían marcadas a fuego en su cabeza; en especial, aquel "y yo tampoco deseo verte", que le caló hondo como si se tratara de una espina clavada en el corazón.
Mientras las palabras resonaban por los rincones, la cara de Renato Jiménez se tensaba. Se alejó a paso rápido y recogió las llaves de la mesa; llegó hasta el recibidor y de un tirón tomó su abrigo.
Usó tanta fuerza en ese último movimiento, que el perchero que tocaba el piso tambaleó unas veces antes de caer estruendosamente al piso.
Se iba vistiendo en el camino a la salida y poco después se escuchó el rugido de un auto allá afuera.
Olga acudió a la entrada de la sala y al ver a Renato Jiménez marchándose en el auto, se devolvió hacia el comedor y la miró consternada:
—Joven señora...
Tras la partida de Renato Jiménez, el apetito se le borró, se levantó de la silla y caminó hacia las escaleras.
Olga, con los ojos fijos en la espalda de ella, exhaló un fuerte suspiro; había presentido que aquellos días de ausencia sin venir a casa se debían a alguna pelea entre los dos, y hoy lo había comprobado.
Renato Jiménez tenía planeada una cena de trabajo aquella misma noche. Sin embargo, en el instante que pensó en el daño causado, aplazó todo compromiso para hacerle compañía y pasar ese momento del día, aunque sus buenas intenciones terminaron en aquel infortunio.
Tras abandonar Bahía del Sur no sintió ganas de ir hacia la empresa, y sin lugar a dónde más acudir, condujo rumbo al Restaurante Palermo.
Las puertas del cubículo privado se abrieron, todos pusieron cara de asombro tras ver a este hombre asomar. Quien parecía más alegre era Paula Suárez, sentada junto a Adán Suárez.


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