Renato se sentó en el sofá. Joaquina le sirvió un vaso de agua mientras Yago mantenía la cabeza gacha, esperando en silencio su castigo.
Renato tomó el vaso, bebió un sorbo y, con un tono profundo y helado, pronunció:
—No mantengo a inútiles.
Si él se hubiera dado cuenta a tiempo de la desaparición de Magdalena y le hubiera avisado, Renato habría llegado mucho antes. Así, ella no habría tenido que pasar por un pánico tan abrumador que ni siquiera le permitía dormir en paz.
El rostro de Yago palideció por completo.
—Señor, por favor, deme otra oportunidad.
Renato no se inmutó. Dejó el vaso en la mesa y se puso de pie. Olga, al ver que se dirigía hacia las escaleras, le preguntó:
—Señor, ¿ya cenó?
Fue gracias a la pregunta de Olga que se dio cuenta de que aún no había probado bocado en toda la noche. Volvió a sentarse en el sofá.
—Prepara cualquier cosa, algo sencillo —dijo, y luego se dirigió a Joaquina—. Tú, ve arriba y hazle compañía.
Joaquina asintió y subió al segundo piso. Olga entró a la cocina. Yago, al ver que el señor no daba su brazo a torcer y sabiendo que su palabra era ley, no se atrevió a rogar más; se levantó y se retiró en silencio.
Olga preparó un tazón de sopa con fideos rápidamente y lo llevó a la mesa del comedor.
Él entró al comedor, tomó el tenedor y recordó que Magdalena tampoco había cenado. Sin embargo, como ella estaba durmiendo, le pidió a Olga que preparara algunos otros platillos y los dejara en el conservador de calor, por si ella despertaba de madrugada con hambre.
Después de terminar su cena, volvió a la habitación. Magdalena seguía durmiendo de forma inquieta, con el ceño fruncido. Miró a Joaquina.
—Ya puedes ir a descansar.
Joaquina salió del cuarto y cerró la puerta tras de sí. Renato se sentó un rato más junto a la cama antes de entrar al baño. Al salir, se acostó a su lado.
Al recostarse, su brazo rozó accidentalmente el de ella. Aún profundamente dormida, el cuerpo de la mujer reaccionó de forma exagerada, tensándose por completo.

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