Renato se apoyó en el marco de la puerta de la cocina, vistiendo una bata de color gris claro que le llegaba justo por debajo de las rodillas, dejando a la vista la musculatura de sus pantorrillas.
Su aspecto recién despierto era relajado y cautivador, y hasta su voz arrastraba una ronquera increíblemente atractiva.
—Con un plato de comida te compran. Cualquiera diría que te tengo pasando hambre todos los días.
Magdalena sacó el plato caliente. Renato se acercó, tomó una cuchara de la alacena, se la entregó y ambos salieron de la cocina.
Ella se sentó a la mesa del comedor.
—Es que no tienes idea del hambre que tengo. En este momento, no importa si fuera un platillo gourmet; si alguien me diera un simple pan, lo trataría como a un rey.
Para empezar, no había cenado la noche anterior, y además, tenía un bebé en el vientre. Estaba tan vacía que ya sentía acidez en el estómago.
Renato caminó hacia el dispensador de agua, sacó un vaso de la vitrina, lo llenó y regresó al comedor para dejarlo junto a su mano.
—Sería mejor que no comas demasiado ahora. Cuando amanezca, le pediré a Olga que te prepare algo fresco.
—No importa —respondió ella. Aunque era comida de la noche anterior, no iba a ponerse exigente.
Renato apartó la silla frente a ella y se sentó para hacerle compañía mientras comía. Ella miró de reojo el reloj en la pared: eran las dos y cuarenta y ocho de la madrugada. Él había bajado sin ponerse un abrigo y la calefacción de la sala estaba apagada.
—Deberías volver a la cama, ve a descansar —le dijo ella.
—Me quedaré aquí contigo —respondió él, con su tono bajo y pausado.
La porción que Olga había preparado era bastante generosa. Magdalena comió poco más de la mitad y se sintió satisfecha, pero el guiso estaba tan delicioso que tenía ganas de dar un par de bocados más. Renato le apartó el plato.
—Con eso es suficiente.
Ella soltó la cuchara con un poco de resignación, tomó una servilleta para limpiarse los labios e hizo el intento de llevar los platos a la cocina, pero él la detuvo, tomándola de la mano.
—Olga recogerá todo mañana. Es muy tarde, vamos a dormir.
Ambos regresaron a la habitación. Magdalena se quitó el suéter, lo colgó de vuelta en el armario y se metió en la cama, acurrucándose de inmediato en los brazos del hombre. El calor en el pecho de él era normal, pero sus piernas estaban completamente frías.
Ella hizo un puchero.
—Te dije que subieras primero a dormir y te empeñaste en esperarme. Si mañana amaneces enfermo, no me eches la culpa.
Al escucharla, los labios de él esbozaron una leve sonrisa.
—Está bien, no te echaré la culpa. Duerme ya.

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