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Me Casé con el que Pagó Mi Venganza romance Capítulo 471

Leonardo Guzmán sentía que las piernas no le respondían. Preso del pánico, se abalanzó hacia adelante para intentar arrebatarle el volante.

—¡Detén el auto! ¡Detente ahora mismo!

Los dos guardaespaldas en el asiento trasero lo agarraron por los hombros y lo obligaron a sentarse de nuevo. Él intentó zafarse y saltar hacia el frente otra vez, pero los hombres lo inmovilizaron con fuerza.

Como estaban en una pista de carreras en la montaña, el diseño del lugar era extremadamente peligroso; estaba pensado para demostrar verdadera destreza al volante y vivir la máxima adrenalina.

Había una curva pronunciada cada quinientos metros y ni siquiera existían barandillas de contención. Más allá del borde, solo esperaba un acantilado escarpado.

Renato Jiménez manejaba el volante con una agilidad impresionante. Al acercarse a una de las curvas más cerradas, una levísima sonrisa se dibujó en la comisura de sus labios. Su mirada era profunda, afilada, y emanaba un aura de absoluta confianza, como si tuviera el mundo entero bajo su control.

Al ver que se aproximaban a la aterradora curva en forma de U, Leonardo soltó un grito lleno de terror y cerró los ojos, temblando de pies a cabeza.

Renato no redujo la velocidad. Su pie ni siquiera hizo el amago de soltar el acelerador. Si cometía el más mínimo error de cálculo, terminarían cayendo al abismo.

Sin embargo, giró bruscamente el volante y el auto realizó un derrape espectacular. El agudo chirrido de los neumáticos rozando el asfalto cortó el silencio de las montañas, dejando un eco estremecedor que se quedó flotando en el aire.

Leonardo abrió los ojos. Aunque acababa de salir ileso de aquella pesadilla, el susto casi lo mata. Tenía el rostro pálido como el de un cadáver y el sudor frío le perlaba la frente.

La velocidad no disminuía. El viento helado aullaba contra las ventanillas y frente a ellos apareció otra curva cerrada, incluso más difícil que la anterior.

Leonardo cerró los ojos con fuerza y se aferró a la manija de seguridad sobre la puerta, pero le temblaban tanto las manos que apenas podía sostenerse. Su corazón latía tan desbocado que sentía que le iba a estallar en el pecho.

Tras otro derrape perfecto y fluido, Renato miró de reojo al hombre que estaba a su lado, pálido y aterrado. Entrecerró sus oscuros ojos y preguntó con una voz gélida:

—¿El vicepresidente Guzmán ya se acordó de algo?

Leonardo apretó sus labios sin color y mantuvo los ojos cerrados, adoptando la postura de un mártir dispuesto a morir.

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