Al salir, vieron el auto de Renato estacionado afuera. Ella había llegado en el auto con el chofer, quien debería haberla esperado, pero no había rastro del vehículo por ninguna parte. Miró a ambos lados de la calle, pero no vio a nadie.
La voz ronca y profunda de Renato sonó junto a su oído.
—Le dije que se fuera.
Ella lo miró confundida.
—¿Entonces qué hago?
Renato levantó el brazo para ver su reloj.
—Son las dos y media. Ven conmigo a la oficina y regresamos juntos cuando termine de trabajar.
Magdalena negó con la cabeza sin siquiera pensarlo.
—No quiero.
Para llegar a la oficina del presidente tenía que pasar por el área de las secretarias, y allí no había nadie que no la conociera. Si iba, seguramente causaría un gran alboroto y se convertiría en el centro de los chismes.
Con solo darle un vistazo a su expresión, Renato adivinó lo que estaba pensando.
—Tarde o temprano se van a enterar de todos modos. Además, si regresas a casa, solo te vas a aburrir encerrada. Y, justamente, necesito que me eches la mano con algo.
Esas últimas palabras despertaron su lado comprensivo. Dudó un momento antes de aceptar a regañadientes.
—Está bien.
Camilo les abrió la puerta del auto; Magdalena se inclinó, subió y se hizo a un lado para dejar espacio, seguida por Renato.
De camino a la empresa, Magdalena recordó que, al salir ese día, se había dado cuenta de que el chofer ya no era Yago; lo habían cambiado.
Le había preguntado al nuevo chofer y este le dijo que habían despedido a Yago, aunque desconocía el motivo.
Volteó a ver a Renato.

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