Renato se quitó el saco del traje y ella se acercó para tomárselo y colgarlo en el ropero. Apenas había regresado frente al escritorio cuando él se inclinó y le dio un tierno beso en la comisura de los labios.
—Aún no lo he intentado, pero hoy podríamos probar.
—Si no te concentras cuando hay asuntos serios que atender, podrías ser castigada. —Continuó besando delicadamente sus labios; su voz profunda parecía resonar directo desde su pecho, cargada de un encanto magnético infinito, capaz de hacer que cualquiera cayera rendido por voluntad propia.
Sus mejillas se tiñeron de un lindo rubor. Afuera de la cafetería él le había pedido ayuda con algo, por eso ella había mencionado lo de asuntos serios. ¿Acaso en la oficina los asuntos serios no se referían al trabajo?
Intentó empujarlo un poco para detenerlo.
—Alguien podría entrar.
Renato le sujetó las manos con suavidad pero con firmeza.
—Nadie entra a mi oficina sin permiso.
Quizá se debía a que hacía un día hermoso y ambos estaban de muy buen humor, o tal vez porque esta dulzura había tardado tanto en llegar a sus vidas.
A través de los enormes ventanales, la suave luz del sol bañaba el ambiente bajo un cielo despejado, brindándoles un cálido telón de fondo, como si el tiempo hubiera decidido detenerse en ese preciso instante para no dejarlos ir.
...
Después de que Magdalena entrara a la oficina de la presidencia acompañando a Renato, el área de las secretarias se convirtió en un caos. Aprovechando que Wendy había ido al archivo a guardar unos documentos, las empleadas se juntaron en grupitos para chismear.
—El presidente Jiménez jamás había metido a una mujer en su oficina. ¿Qué está pasando aquí?
—No alcancé a verle la cara, pero tiene una figura envidiable; seguro es bellísima.
Otra compañera le dio un ligero toquecito en la frente con el dedo.

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