Al tener la cara escondida en su pecho, Magdalena, evidentemente, no se percató de por qué le pedía que se bajara del escritorio.
Por miedo a que la empleada, que aún estaba allí, le viera la cara, negó rotundamente con la cabeza y se aferró todavía más fuerte a su cintura.
Renato trató de convencerla con infinita paciencia, arrastrando las palabras con un tono cautivador:
—Ándale, hermosa. Si te quedas ahí no puedo firmar. Bájate un segundo, ¿sí?
Los ojos de la asistente casi se le salieron de las órbitas. Desde que había entrado a trabajar al Grupo Centauro, jamás en la vida había escuchado al presidente hablarle con tanta ternura a una mujer.
Es más, apostaba a que nadie en toda el área de secretarias había presenciado semejante milagro. Así que, sin dudarlo, concluyó que la relación entre el jefe y esa mujer era algo sumamente especial.
Magdalena se deslizó en silencio del escritorio y se hizo a un lado para dejarle espacio, cuidando siempre de darle la espalda a la asistente, sin atreverse a voltear.
Renato colocó los papeles sobre el escritorio, se inclinó para firmar en la última página, luego se enderezó, tapó el bolígrafo y le devolvió la carpeta a la chica.
La asistente seguía tan pasmada que se quedó paralizada en lugar de tomar el documento.
Renato frunció el ceño. Al darse cuenta de su torpeza, la chica tomó los papeles de golpe y salió casi corriendo de la oficina.
Apenas se escuchó el clic de la puerta cerrándose, Magdalena sintió que se le aflojaban las piernas y se recargó en la orilla del escritorio. ¡Por poco la descubren!
Renato le lanzó una miradita de reojo, tomó un vaso y fue directo al dispensador de agua. Regresó a su lugar y se lo tendió a ella.
Ella lo agarró y estaba a punto de darle un trago cuando se detuvo a observar los dibujos que tenía estampados.
—¿Este es tu vaso?
Él asintió ligeramente y, al ver que ella dudaba, le preguntó:
—¿Acaso no puedes tomar del mío?
Una pequeña sonrisa se dibujó en los labios de ella.
—A mí no me molesta en absoluto, pero pensé que a ti te daría asco.
Renato alzó una ceja.

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