Ella esperó pacientemente por un largo rato, pero al ver que Renato no le decía en qué quería que le ayudara, la curiosidad le ganó.
—¿En qué te puedo echar una mano?
Renato ni siquiera levantó la mirada de sus papeles.
—En nada.
Magdalena frunció el ceño.
—Pero allá afuera, en la cafetería, me dijiste que tenías un asunto en el que necesitabas de mi ayuda.
Él levantó la vista de sus carpetas y, al toparse con su mirada de pura incredulidad, sacó sin inmutarse un documento de la pila.
—Traduce este proyecto.
Magdalena se acercó a tomarlo y le dio una ojeada rápida. Resulta que todo el documento estaba en inglés. Aunque había uno que otro término técnico que apenas y lograba descifrar, la mayor parte la entendía a la perfección.
Sacó un bolígrafo del lapicero, regresó a su lugar en el sofá y se puso a redactar la traducción.
...
La asistente, por su parte, salió de la oficina del presidente y se detuvo afuera para soltar un suspiro enorme de puro alivio. Como Wendy no andaba cerca, le dejó los papeles en el escritorio y se escabulló de regreso a su lugar.
Apenas tocó la silla cuando varias compañeras ya la tenían acorralada. Una de ellas fue directo al grano:
—¿Y bien? ¿Le viste bien la cara?
Negó con la cabeza rápidamente.
—No, no alcancé a ver nada.
—¿Cómo que no le viste nada? ¿Pues qué estaba haciendo ahí adentro? —soltó otra compañera con el espíritu chismoso a flor de piel; su voz revelaba unas ganas inmensas de enterarse de todo el cuento.

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