El documento tenía tres páginas, y ella ya casi terminaba la primera. Su letra, tal como su dueña, lucía impecable y bonita.
La mano que sostenía el bolígrafo era suave y delicada, con una piel radiante que parecía de porcelana, en la que apenas se asomaban algunas venitas azules.
Con la cabeza agachada, los oscuros mechones de su cabello caían hacia adelante, estorbándole al escribir. Para solucionarlo, se acomodó el lado derecho detrás de la oreja, dejando al descubierto su hermoso lóbulo y un pequeño trozo de su nuca.
Él colocó el vaso en la mesita de cristal a su lado.
—Toma un poco de agua.
Ella, absorta en la traducción, se pegó un buen susto al escucharlo hablar de la nada. Volteó a ver al hombre que estaba parado justo detrás de ella, se llevó la mano a la frente e hizo un puchero.
—¿Por qué caminas como un fantasma? ¡No haces nada de ruido!
Renato no le dio mayor importancia a sus quejas.
—Eras tú quien estaba demasiado metida en lo que hacías.
Magdalena dio un sorbo al agua y luego le entregó su trabajo.
—A ver, chécalo. ¿Qué te parece?
Renato lo agarró y le dio una buena repasada. Se acordó de una ocasión, durante una videollamada, donde ella se enredó al tomar notas por culpa de términos muy rebuscados, pero esta vez, todo estaba perfectamente traducido.
—Vas mejorando.
Ella soltó una risita nerviosa y agitó su celular frente a él.
—Todo el crédito es de Camilo.
Renato soltó una carcajada ligera.
—Date un descanso.
Ella llevó los brazos detrás de la cabeza para masajearse un poco el cuello.
—¿Tú ya terminaste?
—Todavía me faltan algunos correos por contestar —respondió él.

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