Renato no tenía gran cosa que hacer, pero sabiendo que a ella se le complicaban algunos términos técnicos, se dio cuenta de que se lo había llevado al estudio solo para tenerlo a la mano como su diccionario personal. Se sentó en el escritorio grande y se puso a checar el correo electrónico.
Magdalena, al encontrarse de nuevo atorada con una palabra, volteó a ver a su esposo. Sus dedos volaban sobre el teclado. Ella se apoyó la mejilla en una mano; ¿cómo era posible que ese hombre tuviera tanto trabajo todos los santos días?
Aunque Renato no despegaba la vista de la pantalla, con el rabillo del ojo notó cómo ella lo veía con el ceño más fruncido que un chicharrón. Sabía que ya se había atorado de nuevo.
—Tráelo para acá.
Como ni siquiera se había molestado en voltear a verla, a Magdalena le costó unos segundos entender que le hablaba a ella.
Pero, al caer en cuenta de que eran los únicos seres vivos ahí dentro, se levantó feliz de la vida con las hojas en la mano y se las restregó en la cara, señalando esa línea en inglés que le daba tantos dolores de cabeza.
Renato le echó un vistazo rápido, agarró el bolígrafo y le anotó el significado al margen. No solo se lo tradujo todo, sino que hasta se dio el lujo de corregirle algunos detallitos en los párrafos de arriba.
Al fin y al cabo, él era un verdadero profesional, y después de sus correcciones, el texto quedó perfecto, de primer nivel.
Ella le peló los dientes de contenta.
—Menos mal que no me puse a buscar soluciones por otro lado, teniéndote a ti tan cerquita.
Él levantó un poco la ceja.
—Qué bueno que te das cuenta, eso demuestra que no estás tan perdida.
Magdalena le lanzó un ligero bufido, regresó a su rincón y siguió echándole ganas a su tarea.
Poco tiempo después, tocaron la puerta. Renato dio la orden para que pasaran, y entró Olga. Traía dos vasos de agua; le entregó uno a Renato y dejó el otro en la mesita, al alcance de Magdalena. Al ver a la parejita tan metida en sus cosas, salió casi de puntillas para no romper el encanto.

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