El amanecer tardó un poco más en llegar. La temperatura matutina era gélida y cortante, y una fina capa de escarcha blanca cubría el suelo.
Llegó el sábado, y tras desayunar, Magdalena y Renato se dirigieron a la mansión. A diferencia de su actitud fría en ocasiones anteriores, esta vez Susana e Ignacio la trataron con gran amabilidad.
Un par de horas después, el mayordomo entró a informar.
—Señor, señora, la familia Sarmiento ha llegado.
Ignacio, Susana y los demás se pusieron de pie y salieron a recibirlos acompañados por el personal de servicio. Todo el grupo esperó de pie en los escalones.
El primero en bajar del auto fue Don Jonás Sarmiento, vestido con un traje elegante de tono bronce dorado, apoyándose en un bastón con detalles tallados. A pesar de tener el cabello canoso, irradiaba energía y lucía muy saludable.
Del segundo auto bajaron Octavio, Beatriz, Fátima y la pequeña Reina. La niña llevaba puesto un gorrito de conejo con pompones a los lados; sus mejillas regordetas la hacían lucir increíblemente tierna.
Cuando Octavio y los demás subieron los escalones, Renato los saludó con su habitual tono sereno.
—Abuelo, suegro, suegra.
Fátima era tres años menor que él, por lo que le resultaba imposible llamarla "hermana mayor"; simplemente le dedicó un leve asentimiento.
Magdalena se colocó al lado de Susana. No sabía si fue intencional o casualidad, pero Renato se paró justo a su otro lado, bloqueando las ráfagas de viento helado por ella.
Ignacio, que usualmente era un hombre de rostro adusto, lucía hoy una cálida sonrisa. Tras los saludos iniciales, ambas familias pasaron a la sala de estar.
Cuando una sirvienta se dispuso a servirles té, Magdalena se ofreció.
—Yo me encargo.
Susana la tomó de la mano y le dio unas palmaditas suaves en el dorso, indicándole que se quedara sentada.
—Con tu embarazo es mejor que no te esfuerces. Deja que el personal se encargue de eso.

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