Se acercaba el Fin de Año. El aire helado traía consigo una corriente fría, la niebla era espesa, y tanto en la mañana como en la noche, el frío envolvía todo.
Después de la pausa del almuerzo, Renato Jiménez se sumergió en su trabajo. Estando a fin de año, estaba increíblemente ocupado.
Camilo acababa de traerle unos documentos urgentes para firmar cuando el celular en su escritorio sonó. Echó un vistazo indiferente y vio que era el número de la mansión.
Los últimos días habían sido tranquilos, sin incidentes. Probablemente llamaban para pedir que él y Magdalena Sarmiento fueran a cenar.
Contestó y, con tono suave, dijo:
—Bueno.
Del otro lado se escuchó la voz de Susana:
—Renato, Sebastián y los demás regresaron del extranjero. Trae a Magdalena a cenar a la mansión hoy.
La pluma con la que Renato firmaba se detuvo abruptamente. Debido a su distracción, la punta trazó una línea brusca sobre el papel.
Tensó la mandíbula y se quedó en silencio por un buen rato, mientras en el celular se escuchaba a Susana decir repetidamente:
—¿Bueno? ¿Bueno?
Apretó la pluma en su mano hasta que sus nudillos se pusieron blancos. Bajó la mirada hacia el rasgón que la punta afilada había dejado en el documento y, tras un momento, respondió:
—Entendido.
Lanzó el celular a un lado y se frotó las sienes, que le latían con fuerza. Estaba tan ocupado últimamente que había olvidado por completo lo que Ignacio Jiménez le había dicho días atrás.
De repente, soltó una leve risa, sin que se pudiera distinguir si era una burla hacia sí mismo o algo más, pero sonaba impregnada de frialdad.
Camilo miró su expresión y luego vio el largo trazo en el documento.
—Presidente Jiménez, mejor voy a imprimir esto de nuevo.
Renato se apoyó la frente en una mano y apretó los labios sin decir nada, su rostro oculto entre las sombras.
Camilo lo observó un segundo, tomó el documento arruinado y se retiró.
Al salir del trabajo, Renato volvió a Bahía del Sur. Entró a la sala, y al no ver a Magdalena, le preguntó a Olga:
—¿Dónde está?

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