Al llegar a la mansión, ambos bajaron. En cuanto su auto entró al patio, un empleado fue a avisar a Ignacio y a Susana.
Subieron los escalones. El mayordomo, que esperaba fuera de la sala, los saludó con respeto:
—Señor Renato, joven señora, bienvenidos.
Magdalena le dedicó una leve sonrisa, mientras que Renato solo asintió con un sonido ligero antes de pasar su brazo alrededor de ella para entrar.
En los sofás de la sala, además de Ignacio y Susana, había una pareja joven.
El hombre estaba sentado en un sofá individual. Llevaba un abrigo gris oscuro de estilo inglés. Sus facciones atractivas tenían un toque delicado, y en sus ojos rasgados parecía haber una sombra melancólica, aunque, al mirar de cerca, sus pupilas negras se veían de lo más normales.
La mujer tenía labios rojos, dientes perfectos y un rostro deslumbrante. Llevaba unos pantalones anchos de tiro alto color óxido, combinados con una blusa de estampado de leopardo y una chaqueta con cuello de piel.
El estampado de leopardo no era para cualquiera, pero con su rostro hermoso y su figura envidiable, lograba verse sumamente llamativa y elegante.
Magdalena apartó la mirada y se dirigió a Ignacio y a Susana:
—Papá, mamá.
Ambos asintieron. Susana la tomó de la mano para que se sentara y le presentó a la pareja:
—Él es el hermano de Renato, Sebastián, y ella es su esposa, Fabiola. Han estado viviendo en Nueva York y regresaron justo hoy.
Los ojos de Sebastián mostraron una sonrisa, y con los labios curvados saludó:
—Hermano, Magdalena.
Al escuchar cómo la llamaba, Magdalena recordó haberlo visto antes en Bahía Dorada.
Inconscientemente, miró su pierna izquierda. Como él estaba sentado, parecía completamente normal.

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