Mientras afuera el chisme estaba al rojo vivo, el periódico local, *El Diario de Santa María*, ya tenía lista su nota amarillista y soltó la primicia en internet con el título: «¡De última hora! Hospital de los Santos involucrado en negligencia médica grave; intervienen expertos del Hospital Militar».
En cuanto se publicó el titular, el tráfico de su página web se fue a las nubes.
Otros reporteros que vieron la notificación no tardaron en cuestionarlos:
—Oye, todavía ni sabemos qué pasó allá adentro y ya sacaste la nota. ¿No se te hace muy arriesgado?
El reportero del *Diario* se encogió de hombros con suficiencia.
—¿A poco crees que hay otra explicación? Me acaban de pasar el pitazo desde adentro de la delegación. Esta vez, el Hospital de los Santos ya valió madre.
—¿Le pagaste a algún policía?
—No le llamaría «pagar». Son contactos, nos hacemos favores mutuamente para sacar información.
***
Mientras tanto, dentro de la enfermería de la comandancia.
Habían metido a toda la bola de malvivientes ensangrentados. La mayoría solo tenía heridas superficiales aparatosas que no ponían en riesgo sus vidas, pero requerían limpieza y sutura urgente.
Era el escenario perfecto para arrancar la competencia.
Gilberto entró al consultorio y echó un vistazo.
—Órale, sí que hay chamba hoy.
La sola presencia de él y los jefes de departamento dejó mudos a Nicolás y compañía. ¿Cómo no iban a conocer a las leyendas médicas que venían en sus libros de texto?
—¡D-Doctor Villanueva! —exclamó alguien, con la voz llena de idolatría.
Gilberto apenas les dedicó un asentimiento genérico antes de ir directo hacia Melisa. Con una sonrisa complaciente que rayaba en la adulación, le soltó sin rodeos:
—Lo del documento sobre la Menta de Montaña... ¡¿es en serio?! Mis colegas y yo llevamos años buscando algo así.
—Es en serio —asintió Melisa—. En cuanto me desocupe de esto, se los mando.
—¡Bueno, con eso sí nos acaba de resolver el mes! ¡Mil gracias!
Los otros jefes de departamento también le hicieron reverencias respetuosas a Melisa, agradeciéndole con una emoción genuina. Ver a esos doctores de cabello cano tratar a una jovencita como si fuera su gran maestra los dejó a todos patidifusos.
El grupo de Nicolás sintió que se les caía la mandíbula al suelo. ¡¿Qué carajos estaba pasando?! Esos pesos pesados de la medicina, que juntos sumaban siglos de experiencia, ¡¿le estaban rindiendo pleitesía a esta muchachita?!
Melisa volteó hacia Nicolás con expresión neutral.
—¡Tiempo! —anunció Gilberto, deteniendo el cronómetro—. Promedio del equipo de veteranos: tres minutos y veintiocho segundos. Promedio del equipo de candidatos: siete minutos y quince segundos.
Cuando los jueces se acercaron a inspeccionar, la diferencia fue aún más humillante. Las suturas de los veteranos eran finas y limpias, casi invisibles. Las heridas cosidas por el grupo de Nicolás estaban chuecas, los nudos estaban flojos y algunas seguían sangrando.
—¡E-eso no es justo! —balbuceó Nicolás, sudando frío—. ¡Seguro están acostumbrados a coser heridas facilitas como estas!
—Ah, caray —replicó Melisa—. ¿No decías hace un momento que llevaban años sin tocar a un paciente? ¿Ahora resulta que siempre están practicando?
Gilberto fue brutalmente honesto:
—Sinceramente, muchachos, con esta técnica... si usaran todas sus palancas, a lo mucho los dejaríamos entrar como camilleros en urgencias.
Para rematar, los jefes de departamento comenzaron a hacerles preguntas teóricas, planteando los casos de trauma extremo que solían atender en las fuerzas militares.
Los recién graduados, que solo sabían lo que venía en los libros, se quedaron tartamudeando, incapaces de resolver la mayoría de los escenarios. Por el contrario, los veteranos, que habían dejado su sangre y sudor en los buques de guerra, no solo diagnosticaban al instante, sino que proponían soluciones improvisadas brillantes.
La paliza teórica y práctica fue tan absoluta que los quejumbrosos candidatos agacharon la cabeza, sin atreverse a decir una sola palabra más.
Melisa observó al grupo de engreídos, que ahora lucían como perros regañados, y sonrió con ironía.
—¿Todavía quieren seguir compitiendo?

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