Melisa, recargada en su pecho que subía y bajaba rítmicamente, sintió el calor residual de ese beso en su frente. Escuchó el fuerte latido de su corazón y el sonido tranquilo de la leña ardiendo en la chimenea.
Todo el ruido del exterior desapareció. El mundo se redujo a aquel abrazo cálido y a ese latido reconfortante.
El sueño terminó por vencerla. Se acomodó lo mejor que pudo entre los brazos de Dani y, al cabo de unos segundos, cayó profundamente dormida.
Dani se quedó allí, sosteniéndola bajo la luz temblorosa del fuego y las velas. Pasó largo rato contemplando su rostro sereno, quieto, como si no quisiera apartarse ni un segundo de ella.
Afuera, el viento y la lluvia se habían calmado sin que se dieran cuenta, dejando atrás solo una quietud serena.
***
Al día siguiente de que Dafne le enviara a Hugo la información de un paciente compatible, Hugo se enteró por sus contactos que Dani iba a ofrecer una cena en el Restaurante Sky.
No hacía falta ser un genio para saber qué estaban celebrando.
Hugo no es que no hubiera pensado en aprovechar para deshacerse de Melisa, pero la seguridad alrededor de ella era impenetrable. La gente de Dani la custodiaba desde las sombras, sin mencionar que hace poco había desaparecido unos días sin dejar rastro alguno.
No había encontrado ni la más mínima oportunidad para matarla.
Ahora, al ver el mensaje de Dafne sobre el donante, su juicio racional se nubló por completo. Entre la ambición por la inmensa cantidad de dinero y la amenaza de que le robaran su patente médica en cualquier segundo, agarró el celular y le marcó a Dafne de inmediato.
—Yo me encargo de todo. Tú solo prepara al paciente para sacarlo de ahí.
Dafne tenía el teléfono en altavoz. Sentada frente a ella estaba Melisa, quien escribía en su tablet la respuesta que Dafne debía dar.
—¿Y cómo vas a hacer eso? Aunque yo sea la directora, no puedo manipular las cámaras de seguridad del hospital.
—Voy a mandar gente a hackear el sistema y a congelar las imágenes —le explicó Hugo—. Luego enviaré una camioneta a recogerlos. Tú solo encárgate de entregarme al paciente.
—Pero este es un negocio internacional. ¿Vas a moverlo tú mismo?
—Ahorita es muy arriesgado pasarlo por la frontera —dijo Hugo—. La idea es sacarle los órganos directamente en el barco y guardarlos, luego tiramos el cadáver al mar. Así es más fácil desembarcar sin que la policía nos revise.
—Entendido. Te voy a ayudar —respondió Dafne—. Pero me tienes que asegurar que, en cuanto hagamos esto, vas a borrar esas fotos y me darás mi dinero.
Desde la otra línea, Hugo esbozó una sonrisa cargada de burla.
—Tranquila, esta vez te cumplo, lo juro.
Dafne colgó el teléfono y soltó una maldición por lo bajo.
—Maldito infeliz. Obvio que no va a borrar nada. En cuanto le dé a la persona, se va a pasar su promesa por el arco del triunfo.
Melisa apoyó la barbilla en la mano.
—Si subes a ese barco vas a estar completamente sola; si algo sale mal, no habrá vuelta atrás y te costará la vida. No voy a permitir que te arriesgues por mí. Yo conseguiré a alguien para que tome el papel.
Melisa sostuvo su mirada penetrante y ligeramente preocupada, destilando una confianza absoluta.
—Soy la mejor opción y lo sabes. Además... —Se inclinó hacia él, igualando la presencia imponente del hombre—. Lo que Hugo me quitó, voy a obligarlo a que lo pague muy caro, y quiero hacerlo con mis propias manos.
Esta chica ocultaba demasiados secretos que él desconocía.
Dani vio que no podría hacerla cambiar de opinión y el ambiente se volvió denso.
—No podré intervenir a tiempo para ayudarte. El mar es demasiado impredecible.
—Ya tengo todo bajo control. —Melisa agarró su celular, tecleó un par de cosas y luego le mostró a Dani un perfil en redes sociales—. Esta es la cuenta de uno de los líderes de los piratas somalíes. Me llevo muy bien con él, está a una llamada de distancia.
Si cualquier otra persona le hubiera dicho eso, Dani habría pensado que le habían lavado el cerebro o que estaba mal de la cabeza. Pero el hecho de que saliera de la boca de Melisa, con ese nivel de calma y seguridad, lo cambiaba todo.
Recordando las locuras increíbles que ya la había visto hacer, Dani empezó a creer que era verdad.
Se quedó en silencio un largo rato antes de soltar:
—¿Los piratas tienen redes sociales?

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