—¿Lo ve? —Melisa señaló el resultado final en el pizarrón: «v ≈ 0.9988c». Su voz sonó como una sentencia—. Según los datos de su problema, la velocidad del electrón no es una velocidad baja que se pueda resolver con fórmulas clásicas, como usted creyó. ¡Alcanza el 99.88% de la velocidad de la luz! ¡Hablamos de un electrón extremadamente relativista!
De un movimiento rápido, apuntó hacia el examen.
—¡Y en su pregunta no menciona absolutamente nada de esto! Sigue exigiendo que los alumnos usen las fórmulas clásicas, que solo aplican cuando v es muchísimo menor que c. ¡Creó una paradoja física sin sentido!
En cuanto terminó de hablar, el auditorio quedó sepultado en un silencio total. Todos los estudiantes, hasta los que hace un minuto se andaban burlando de Teresa, se quedaron con la boca abierta viendo la explicación impecable en el pizarrón y ese alarmante «0.9988c». Los maestros de física tenían caras largas y empezaron a susurrar entre ellos.
Eloísa perdió todo el color de la cara, y hasta se tambaleó un poco. Se agarró del filo del escritorio con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Le temblaban los labios; quería decir algo para defenderse, pero sentía un nudo en la garganta y no le salía la voz. Los cálculos de Melisa no tenían ni un solo error. ¡Ese problema tan «difícil» del que tanto presumía resultó ser una falla ridícula ante las verdaderas leyes de la física!
—Por eso me da tanta curiosidad —dijo Melisa, soltando una pequeña sonrisa que escondía una trampa—. Si esta pregunta está mal, ¿cómo es que las respuestas de Yori son una copia al carbón de las suyas? Usó exactamente el mismo procedimiento y la misma lógica que usted, doctora Eloísa. ¿Es pura casualidad? ¿O es que tienen conexión mental?
»¿O será que le pasó las respuestas antes del examen?
Las palabras de Melisa cayeron como un balde de agua helada, ¡haciendo estallar a todos en el auditorio!
Todas las miradas se clavaron de golpe en Yori, en sus exámenes de matemáticas y física casi perfectos, ¡y en la cara de pánico de Eloísa, que parecía a punto de desmayarse!
—¡Y hay algo más importante! ¡Yo no hice todo el examen! ¿Qué hay de los problemas de los demás maestros? ¿Qué me dicen de matemáticas? ¡Yori también sacó casi diez en todo lo demás! ¿A poco también le «pasé» esas respuestas? ¿O me vas a decir que los demás maestros también le ayudaron a hacer trampa? Melisa, ¡no puedes menospreciar el esfuerzo de Yori en todo el examen solo por un error mío! ¡Esto es una difamación y actúas de mala fe!
Aunque su excusa estaba llena de huecos y sonaba a patadas de ahogado, el golpe fue tan fuerte que logró sembrar la duda en algunos de los presentes.
Pues sí, si una pregunta estaba mal, no quería decir que todo el examen lo estuviera. Yori salió muy bien en todo lo demás, era imposible que hubiera copiado en todo. Aunque la doctora Eloísa la hubiera regado en física, no significaba que le hubiera ayudado a hacer trampa; eso ya era meterse con su integridad moral.
Los murmullos volvieron a llenar el lugar, cargados de dudas e incertidumbre.

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