Cuando la sala por fin quedó vacía y Melisa se dispuso a marcharse, Dani la acompañó hasta la puerta.
—Te invito a comer en estos días —le dijo en voz baja.
Melisa lo miró de reojo. —¿Y eso por qué?
—Fuiste lo único que me hizo feliz esta noche —soltó él con una risita suave, mirándola con una ternura exclusiva para ella—. Me estabas defendiendo.
Melisa se quedó callada un segundo. —Ah. No lo admitió ni lo negó, pero se notaba un poco incómoda.
Después de despedirla, Dani volvió a la sala. Su sonrisa desapareció al escuchar a su abuelo regañando a su padre.
—¿A qué diablos viniste? —le gritó Vasco a su hijo—. ¡Le debes treinta años de vida a Dani! Y apenas regresas, ¿le pones trampas por culpa de tu hijo menor? ¿Cómo puedes ser tan desgraciado?
Salvador intentó explicarse, sudando frío: —¡Papá! ¡Claro que sé que Dani es mi hijo, no le deseo el mal! ¡De verdad quería que se curara!
—¿¡Consume drogas o no!? —Vasco clavó una mirada asesina en Matías—. ¡Los Soto siempre hemos sido una familia honorable, no voy a tolerar a un adicto bajo mi techo!
Jéssica saltó a defenderlo de inmediato: —¡Seguro es un malentendido! Matías siempre ha sido un niño bueno, yo misma lo crié, ¡él no haría esas cosas!
—Más les vale —advirtió Vasco con voz helada—. No me importa cómo vivían en el extranjero, pero aquí en la casa de los Soto, no van a tocar ni un solo peso que le corresponda a Dani. Él es el único heredero.
Matías puso cara de niño regañado y prometió: —Jamás se me cruzaría por la cabeza robarle a mi hermano mayor, y mucho menos tenderle una trampa. Le juro, abuelo, que solo vinimos a cuidar de la familia.
Salvador y Jéssica le dieron la razón enseguida.
Vasco miró a Jéssica con desprecio: —No entiendo cómo pudiste ignorar a tu propio hijo durante treinta años. Pero si de verdad quieres compensarlo, empieza por conocer a Dani y tratarlo como una madre.
Luna se enterneció y le rodeó el cuello con los brazos. —Lo sé, nos amamos.
Pasaron los días y Melisa no soltaba el teléfono satelital de Mateo, pero no había ni rastro de señal. Para colmo, el asistente de Mateo, Enrique, le había pasado las coordenadas de la mina y los reportes del clima no pintaban nada bien: había tormentas eléctricas y heladas terribles. En ciertas ocasiones, los cambios de clima drásticos podían hacer que las minas inexploradas soltaran toxinas.
Enrique le dijo que no se preocupara, que Mateo seguro llegaría a tiempo para la fiesta que le estaban organizando. Además, le recordó que el equipo que llevaba estaba lleno de expertos, y que aunque ella quisiera ir a buscarlo, el clima extremo impedía que los helicópteros aterrizaran o rastrearan la zona.
Melisa sabía perfectamente que tenía razón. No le quedaba más opción que tragarse la angustia y esperar. Intentó distraerse con sus clases en línea de la facultad de medicina y ayudó a su tutor, Bonic, con unos datos de laboratorio.
A mediodía, picó algo de comida y se fue a las oficinas de Comercial Novierra. Esta vez le tocó ir en una camioneta de lujo con chofer. Durante el trayecto, aprovechó para encriptar las cuentas de la empresa, cambió el nombre del titular y le metió doble candado de seguridad con escaneo de iris.
En cuanto pisó Comercial Novierra, notó que el departamento de diseño estaba vacío; solo quedaban dos personas y Teresa. En las otras áreas la situación era similar. Los pocos directivos que quedaban se juntaron en su oficina con caras largas, listos para contarle sus problemas.
Varias fábricas estaban en huelga, los diseñadores y el equipo de operaciones habían desertado. Toda la empresa estaba prácticamente paralizada por la fuga del personal leal a la familia Blanca. Nadie sabía de dónde iban a sacar para pagar la nómina del próximo mes.

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