Melisa respondió sin rodeos:
—Lo digo yo.
Matías apretó los labios y no insistió en entregar la comida, pero antes de irse le preguntó:
—¿Por qué la doctora parece tenerme tanto resentimiento? A la persona que se hizo pasar por usted aquel día, ya me encargué de ella. Luna no lo hizo a propósito, y le ofrezco una sincera disculpa en nombre de ella y de mi familia.
El hombre agachó la cabeza frente a ella.
—Le ruego que no nos guarde rencor. Y, por favor, dígale a mi hermano que deje atrás los problemas del pasado. Mis padres de verdad quieren compensarlo por los años que no estuvieron con él.
Melisa soltó una carcajada irónica. Dio un paso hacia adelante y, bajando la voz, le dijo:
—¿De verdad? Si de verdad les importara, no lo habrían abandonado durante treinta años. ¿O qué, les iba tan mal allá afuera que no les alcanzaba ni para comprar un boleto de avión para regresar?
A Matías casi se le borra la sonrisa de la cara.
—Fue por una situación complicada. La salud de mi madre siempre ha sido delicada.
La mirada de Melisa se mantuvo impasible.
—Ahórrate esos cuentos. ¿Crees que todos los demás somos estúpidos?
Matías siguió haciéndose el desentendido, pero cuando Melisa se dio la vuelta para marcharse, su expresión se endureció al verla alejarse.
Cuando Jéssica vio que la comida que había preparado regresaba intacta, se puso furiosa y empezó a quejarse.
—¿Y esa quién se cree que es? ¿Muy fregona nada más por ser doctora?
Luego se volvió hacia Salvador.
—Y Dani es igual. ¡Yo soy su madre! ¿Cómo permite que una extraña me falte al respeto de esta manera?
Salvador le contestó:
—¿Ahora sí eres su madre? ¿Acaso lo criaste? ¿Le diste amor alguna vez?
Jéssica se quedó sin palabras y, al instante, se le llenaron los ojos de lágrimas.
—No olvides a qué vinimos en realidad —continuó Salvador—. No tenemos opción. Ahora tienes la oportunidad de compensar a Dani, de intentar quererlo y de usar los lazos familiares para convencerlo de que abandone al presidente y a la facción conservadora.
Jéssica suspiró con los ojos llorosos.
—Ya lo sé.
Esa noche, el campamento se sumió en un silencio profundo, interrumpido solo por las pisadas de las patrullas y el constante sonido de la lluvia.
Las luces en la tienda de Melisa ya se habían apagado.
Sin hacer ruido, se puso un uniforme táctico que le permitía moverse con agilidad, y encima un impermeable. Guardó con cuidado un monitor portátil, herramientas de recolección de muestras, un botiquín de primeros auxilios y el estuche de su equipo médico personal del que nunca se separaba.
Echó un último vistazo hacia la tienda médica donde estaba Mateo y luego se perdió entre las sombras. Esquivó a los guardias y, guiándose por la ruta y los mapas topográficos que había memorizado en el centro de mando, salió del campamento en silencio y se dirigió directo a la mina.
Todavía no era el momento adecuado para entrar a la mina; las condiciones climáticas seguían siendo extremas.
—¡¿Qué?!
El corazón de Dani dio un vuelco.
¡Ella le había dicho la noche anterior que el antídoto había funcionado!
¡Le había mentido!
Al darse cuenta, Dani se dio la vuelta y salió disparado como un felino fuera de control. El movimiento brusco le causó un dolor punzante en la pierna herida, pero ni siquiera le importó.
—¡Melisa!
Dani arrancó la lona de la entrada de un tirón.
La tienda estaba vacía.
La cama de campaña estaba perfectamente tendida, como si nadie hubiera dormido ahí. En el aire solo flotaba un ligerísimo rastro de su perfume fresco.
En ese momento, uno de los soldados encargados del equipo llegó corriendo para informarle que faltaban un traje de protección y una caja de herramientas de los que tenían resguardados.
La mirada de Dani barrió la tienda vacía. Se acercó a la mesa y tomó la única nota de papel que había quedado.
«Mi hermano sigue envenenado. Fui a la mina a buscar la cura. Volveré en 72 horas sin falta».
Renato, que había llegado un poco más tarde, también intuyó lo que pasaba y gritó alarmado:
—¡Coronel! ¡La doctora se metió sola a la mina!

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