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ME ECHARON POR FALSA, VOLVÍ REINA romance Capítulo 723

Después de darle muchas vueltas al asunto y llevar a Catalina con el doctor Icaro para una evaluación psiquiátrica y psicológica, Melisa confirmó que se encontraba bastante estable. Decidió entonces llevarla; tenía todo el derecho de ver a su hija por última vez.

Justo antes de salir, Catalina estaba muy animada.

—Cariño, ¿por qué traes ropa nueva otra vez?

Melisa le tomó la mano con una sonrisa cálida.

—¿Te gusta?

Catalina asintió con entusiasmo.

—Me encanta, pero cuesta mucho ganar dinero, no me compres tantas cosas.

Melisa la miró con una expresión indescifrable.

—Sí. Ve subiendo al carro, ¿de acuerdo? Ahorita te alcanzo.

La señora Del Ríos se acercó a ella. Al ver a Catalina sentada en el carro saludándolas con la mano, la mujer mayor no pudo evitar comentar:

—Melisa, la verdad es que siento que esto está bien. Así, al menos, ella cree que tiene a su hija y es feliz, y tú... tú tienes una madre.

Aunque nadie lo decía en voz alta, era evidente lo mucho que Melisa cuidaba a Catalina: le preparaba comidas especiales para que recuperara su salud, la llevaba de compras y a pasear. Todo ese cariño y atención se notaba en el día a día. Melisa veía a Catalina como su propia familia, por lo que a la señora Del Ríos le rompía el corazón que la verdad saliera a la luz. Temía que, al recuperar la lucidez, Catalina terminara odiando a Melisa; odiándola por haberla salvado en el pasado, ya que, de no ser por eso, su verdadera hija no habría muerto.

Melisa también sabía cuál era el peor de los escenarios.

—Señora Del Ríos —dijo en voz baja—, esa niña merece ver a su madre por última vez. No puedo ser tan cruel. En cuanto a lo que pase hoy, asumiré las consecuencias. Incluso si Catalina me llega a odiar y me prohíbe volver a verla, me aseguraré de que viva tranquila el resto de su vida.

Orfeo se acercó a ellas.

—Yo te acompaño —le dijo a su hermana.

Al ver a los hermanos subir al coche y alejarse, la señora Del Ríos soltó un largo suspiro.

En las afueras de Santa María, en el depósito de cadáveres subterráneo del Centro de Ciencias Forenses. El aire olía a desinfectante y a ese químico frío tan característico de las morgues. La luz blanca y pareja de las lámparas fluorescentes iluminaba cada rincón, sin dejar lugar a sombras. El pasillo estaba desierto y en completo silencio; solo resonaban los pasos de los tres.

Catalina se quedó paralizada, como si se hubiera congelado en el acto, con la mirada clavada en el pequeño esqueleto.

—Pueden quedarse aquí a despedirse —murmuró el forense—. Al terminar, tendremos que seguir el protocolo y enviarla a incinerar. Podrán firmar y recoger las cenizas en la ventanilla.

Tras dar las indicaciones, el forense les dio privacidad y salió, cerrando la puerta detrás de él.

El denso silencio se prolongó durante un buen rato. Catalina ladeó la cabeza casi imperceptiblemente, como si tratara de reconocer algo pero estuviera confundida. Luego, soltó lentamente la mano de Melisa y avanzó con pasos torpes, como si caminara en un trance.

—Cariño... —susurró, tan bajito que parecía temer despertar a alguien.

Por puro instinto, Melisa quiso dar un paso al frente para sostenerla, pero de inmediato se dio cuenta de que, esta vez, ese «cariño» no era para ella. Se quedó anclada en su lugar, dejando caer los brazos, con un nudo en la garganta y las emociones a flor de piel.

Catalina se acercó a la plancha de metal y extendió la mano. No tocó los huesos, sino que dejó la mano suspendida sobre el pequeño cráneo. Con los dedos ligeramente encogidos, hizo el gesto suave de peinarle el cabello.

—Tu pelito... ¿por qué está tan amarillo? —murmuró, con un tono tan casual que parecía estar regañando a su hija por no comerse las verduras—. Ahorita mamá te hace una trenza, una con un listón rojo. Es tu color favorito, ¿verdad?

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