Estaba completamente inmersa en su propio mundo; su mirada empezó a perderse y hasta se le dibujó una sonrisa ausente en el rostro. Pero la sonrisa se le congeló de inmediato. La mano que mantenía en el aire empezó a temblar con violencia. Su vista bajó desde las cuencas vacías del cráneo hasta los huesitos de los brazos, y luego a los pedazos de tela irreconocibles.
De pronto, un escalofrío le recorrió el cuerpo. Retiró la mano de golpe y se abrazó a sí misma. La expresión de trance desapareció de sus ojos, siendo reemplazada al instante por un dolor abrumador.
—Qué frío hace aquí... ¿Tienes frío, cariño? Mamá te trajo ropa, sí, te traje ropa. —Empezó a buscar desesperada en los bolsillos de sus pants grises, pero, obviamente, estaban vacíos. Se detuvo. Se miró las manos y luego volvió a mirar el esqueleto de la niña que ya jamás volvería a sentir frío ni calor.
—Ah... —De su garganta escapó un sonido gutural, como si le estuvieran aplastando los pulmones. Enseguida, las lágrimas brotaron a mares. No era un llanto escandaloso, sino un torrente silencioso que le empapó la blusa en un segundo. Tenía la boca abierta, pero no lograba articular un llanto real; solo emitía jadeos ahogados mientras todo su cuerpo temblaba como una hoja al viento.
Cayó de rodillas junto a la fría plancha de metal, apoyando la frente en el borde, con los hombros sacudiéndose violentamente.
—Es mi niña, la que está acostada aquí es mi niña... —repetía una y otra vez con la voz hecha pedazos. Entonces, giró la cabeza para mirar a Melisa con los ojos enrojecidos y empapados, reclamando la crueldad de aquella noche—. Me cambiaron a mi niña. ¡Me la cambiaron! Nunca debí haberme ido, no debí dejarla. Fue mi culpa, fue mi culpa... Me arrepiento tanto, Dios mío, me arrepiento tanto...
Mientras hablaba, Catalina empezó a golpearse el pecho, presa de la desesperación.
A Melisa se le cortó la respiración. Era un desenlace que ya no se podía cambiar. Años atrás, Catalina no tuvo el corazón para dejar morir a una niña pequeña y se arriesgó a escapar de La Esperanza con ella. Pensó que, por más que su esposo Yago despreciara a su propia hija, jamás le haría daño. Pero se equivocó. Subestimó lo que un hombre cegado por el machismo y la avaricia era capaz de hacer. Por salvar a otra niña, ella misma había condenado a la suya a quedar enterrada bajo un montón de tierra, pasando frío año tras año...
Melisa se acercó despacio y se puso en cuclillas frente a Catalina.
—Señora Amaya. —Levantó la mano para tocar el brazo tembloroso de la mujer, pero Catalina retrocedió de un tirón, como si la hubiera quemado. Melisa se quedó con la mano en el aire.
—¡Por qué no fuiste tú la que se murió! —le gritó Catalina, perdiendo por completo los estribos.
Melisa encogió los dedos, se quedó rígida un segundo y bajó la mirada.
—Lo siento —susurró.

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