El funeral de la niña se llevó a cabo por todo lo alto. Melisa se encargó de cada detalle personalmente y eligió el mejor lugar en el panteón de Santa María. La señora Del Ríos, con toda su experiencia de vida, notó de inmediato que se había levantado un muro invisible entre Melisa y Catalina. Sentada a la mesa del comedor, Melisa le explicó a la familia, y en especial a Catalina, cómo sería el itinerario del funeral. Nadie dijo nada; todos se limitaron a mirar a Catalina, esperando su reacción. Melisa le preguntó con mucha educación: —Señora Amaya, ¿hay algo que le gustaría cambiar o agregar? El plan que había preparado era perfecto, sin un solo error. Catalina no encontró nada de qué quejarse; sabía muy bien que Melisa se había esforzado al máximo. Asintió y, con la voz todavía ronca de tanto llorar, le dio las gracias. —Todo es gracias a ti, cariño... Al volver a decir «cariño», la propia Catalina se quedó paralizada y miró a Melisa por instinto. Melisa guardó silencio unos segundos. Sacó de su bolsa una tarjeta bancaria y unas llaves, y las deslizó sobre la mesa junto con el itinerario del funeral, empujándolas hacia Catalina. —Le compré una casa en una zona residencial rodeada de naturaleza. Ya pagué el mantenimiento por los próximos cincuenta años. Catalina abrió los ojos de par en par. —¿Me estás corriendo? Melisa apretó los labios antes de responder. —Sé perfectamente que su salud mental ha mejorado muchísimo. Ya está tan lúcida como cualquier persona normal. Me di cuenta desde el día que se levantó temprano a prepararnos el desayuno a todos. Al menos en ese momento, Melisa de verdad había creído que podrían vivir así para siempre, curándose las heridas la una a la otra, como madre e hija. —Esta casa está muy cerca del panteón, a solo media hora en carro, y tiene muy buenas vías de acceso para que pueda ir a visitarla cuando quiera. Además, en esta tarjeta hay treinta millones de pesos —continuó Melisa, señalando el plástico con un tono suave—. Es mi forma de compensarlas, a su niña y a usted. La mirada de Catalina se quedó clavada en el delgado plástico y en las llaves de metal. Un silencio sepulcral invadió el comedor; hasta el sonido de los cubiertos chocando contra los platos desapareció. La señora Del Ríos abrió la boca para decir algo, pero al final solo soltó un largo suspiro y desvió la mirada. —¿Compensarme? —La voz de Catalina sonó tan áspera como papel de lija. Levantó la vista despacio y clavó los ojos en Melisa con una lucidez escalofriante y llena de amargura—. ¿De verdad crees que dándome una casa y dinero vas a... vas a pagar por lo que pasó? —No —respondió Melisa de inmediato, sin perder la calma, sosteniéndole la mirada—. Sé que nada puede pagar una vida. Pero, aparte de dinero y una casa, ya no sé qué más le puedo dar. Dicho esto, se puso de pie. —No asistiré al funeral. Tengo otros asuntos urgentes que checar. Con permiso. Mateo también se levantó. —Yo te acompaño. La señora Del Ríos soltó un «ay» y volteó a ver a Orfeo. —¿Qué pasó cuando fueron allá? Melisa está actuando muy raro. Orfeo miró a Catalina de reojo, negó con la cabeza y se limitó a decir: —Cuando Melisa toma una decisión, no hay vuelta atrás. Por supuesto, si la señora Amaya quiere seguir viviendo aquí, no hay ningún problema. Le salvó la vida, nuestra familia está en deuda con usted. Las palabras sonaban educadas, pero la señora Del Ríos entendió el mensaje entre líneas: estaban marcando su raya. Como Orfeo no soltó prenda frente a todos, la señora Del Ríos lo acorraló en privado. —¡Pero si Melisa por fin quería tener una mamá! Era algo muy bonito, las dos iban a sanar juntas. ¡Dime qué demonios pasó allá! Orfeo no pudo soportar el interrogatorio de la señora y le contó lo que había pasado en la morgue. Al final, agregó: —Usted ya conoce el carácter de Melisa. Lo que decide, se cumple. Y lo que la señora Amaya le dijo, ya no se puede borrar. La señora Del Ríos, que tenía toda la intención de arreglar las cosas entre ellas, se quedó sin palabras. La próxima vez que vio a Catalina, le tomó las manos y le habló con una mezcla de dolor e incomprensión. —Ay, mujer... A la última persona que debiste haber lastimado era a Melisa. Todos vimos lo mucho que sufriste y te estamos agradecidos de por vida, pero por mucho que te doliera el alma, no tenías por qué clavarle esa daga. Cuando pasó todo, ella también era solo una niña huérfana y sin opciones. ¡No sabes lo difícil que ha sido su vida! Yo creía que tú, más que nadie, entenderías esa desesperación. —Yo... yo me volví loca en ese momento —sollozó Catalina, tapándose la cara mientras las lágrimas se le escurrían entre los dedos—. Cuando vi a mi niña, se me nubló la mente. Sentí que el mundo se me venía encima. No dejaba de pensar por qué le tuvo que pasar a mi niña, por qué a ella... Y luego, la vi ahí parada a mi lado, y yo... No pudo seguir hablando. Esa mezcla de dolor absoluto e ira irracional le daba miedo incluso a ella misma ahora que lo pensaba en frío. —Sabemos que estás sufriendo —dijo la señora Del Ríos, suavizando un poco el tono, aunque sin quitar el dedo del renglón—. Pero por más que te duela, no puedes agarrar de costal de boxeo a una muchacha que también ha sufrido lo indecible. La vida de Melisa ha estado llena de obstáculos. Esa pequeña esperanza que tenía de sentir el amor de una familia era más frágil que el cristal. Si se armó de valor para acercarse a ti, fue para buscar un poco de calor humano, no para que la apuñalaras por la espalda.

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