Hizo una pausa y su voz resonó fuerte y firme por todo el lugar:
—¡A partir de hoy, el departamento de música de la Real Academia de Bellas Artes elimina cualquier vía de admisión directa o ascenso de nivel basado en premios musicales externos! ¡Todos los estudiantes, sin importar el prestigio de los galardones que posean, deberán aprobar una evaluación académica y técnica rigurosa y exhaustiva a cargo de la academia para poder obtener un lugar! ¡Y todos los estudiantes actuales que hayan sido admitidos o promovidos por esta vía rápida entrarán en un periodo de reevaluación inmediata! ¡Aquellos que no aprueben serán reasignados según su verdadero nivel; los que deban bajar, bajarán, y los que deban ser expulsados, serán expulsados!
Un murmullo ensordecedor estalló en el auditorio.
Una buena parte de los presentes había ingresado a la academia apoyados en el brillo de sus premios. ¡¿Y ahora, por culpa del desastre de Samuel Luján, sus propios niveles estaban en riesgo?!
Los estudiantes que guardaban la esperanza de usar algún premio para ascender a la Clase S en el futuro, y aquellos que ya estaban allí gracias a uno, sintieron que el mundo se les venía encima.
Las miradas que dirigían a Samuel ya no eran de burla ni de lástima; ¡ahora ardían en puro odio y resentimiento!
¡Todo era culpa de ese imbécil! Si no se hubiera atrevido a provocar a Melisa, si no hubiera quedado en evidencia de una forma tan humillante, la academia jamás habría tomado una medida tan drástica, ¡cortándoles de tajo el camino más fácil hacia la cima!
¡Destruir el futuro de una persona era tan grave como arrebatarle la vida!
—¡No, director! ¡No puede hacer esto! —gritó desesperado uno de los estudiantes que había entrado con un premio—. ¡Ganar un reconocimiento también es prueba de nuestro talento!
—¿Talento? —Danis lo miró con hielo en los ojos—. ¿Te refieres a un 'talento' como el de Samuel Luján? ¿Un 'talento' incapaz de responder las preguntas más básicas? O dime... ¿crees que tu supuesto talento sería capaz de soportar un interrogatorio como el que acaba de hacer la profesora Melisa?
El estudiante palideció, se quedó sin palabras y bajó la cabeza, derrotado.
En cuestión de segundos, Samuel se había convertido en el enemigo público número uno de todos los "becados por premios", destruyendo los sueños y atajos de quién sabe cuántas personas. En ese momento, al mirar a la imperturbable Melisa en el estrado, el arrepentimiento lo carcomía por dentro.
Se dio cuenta demasiado tarde de que nunca debió haber mirado a todos por encima del hombro solo por haber entrado a la Clase S. Su vanidad lo había cegado, haciéndole olvidar que esa pieza premiada la había compuesto en colaboración con un verdadero músico.
Sí, tenía algo de habilidad musical, pero en una sala llena de genios de élite, él no era absolutamente nadie.
Danis se dirigió directamente a Samuel:
—En cuanto a las irregularidades de tu premio, enviaré a alguien a investigar a fondo. Por ahora, lárgate del auditorio, ve a tu dormitorio y empaca tus cosas; te transfieren a la Clase C. Si no estás de acuerdo, con gusto te redactaré una carta de expulsión para que te busques otra universidad.
Ser expulsado de la Real Academia de Bellas Artes significaba la muerte absoluta en la industria musical. Samuel entró en un ataque de pánico total.
—¡No, no, no! ¡No puede expulsarme! ¡No quiero ir a la Clase C!
Mientras los guardias de seguridad lo sometían y lo arrastraban hacia la salida, empezó a suplicarle piedad a Melisa a gritos. Pero ella ni siquiera se dignó a mirarlo; simplemente volvió a tomar la lista, como un juez supremo dictando el destino de los mortales.
—Siguiente —dijo Melisa. Su voz no era alta, pero llegó con total claridad a los oídos de cada uno de los presentes.
Todos los estudiantes de la Clase S que aún no habían sido evaluados se enderezaron instintivamente en sus asientos. Tras el horrendo precedente de Samuel, nadie se atrevió a poner cara de arrogancia frente a la insondable autoridad musical que tenían enfrente.
Escondida en una esquina, Eloísa observó petrificada cómo se llevaban a Samuel a rastras. Todo su cuerpo temblaba sin control. Esta vez sí estaba aterrorizada. Apretó la tela de su ropa con las manos y sus ojos se movían de un lado a otro, buscando desesperadamente una salida.


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