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ME ECHARON POR FALSA, VOLVÍ REINA romance Capítulo 823

Melisa Serrano ya lo tenía todo planeado. Una vez eliminada la cúpula de Aris, tomaría posesión de todo lo que la organización poseía.

“Espero su pronto y seguro regreso”, dijo el Presidente.

Al colgar la videollamada, bajó la mirada, sumido en sus pensamientos.

Las palabras de Julián Aguirre volvieron a resonar en su cabeza. Con una mujer tan ingeniosa y audaz apoyándolo, si a Dani Soto se le cruzara por la mente postularse a la presidencia, él no tendría la más mínima oportunidad de ganar.

En la isla, la fiesta de la victoria estaba en su apogeo.

Las copas chocaban con alegres tintineos, el ambiente era pura algarabía. Entre risas, conversaban sobre los momentos más tensos del operativo y fantaseaban sobre cómo el nuevo panorama de poder cambiaría el mundo tras la aniquilación de Aris.

La fiesta se prolongó hasta pasada la hora del almuerzo. Mientras los demás se retiraban para descansar, Melisa tomó la mano de Dani.

“Ven, quiero enseñarte mi colección”, dijo ella con los ojos iluminados por una chispa de entusiasmo.

Dani se dejó llevar. Apoyándose en su bastón, abordó un yate que Melisa condujo hasta una diminuta isla vecina. La entrada también estaba fuertemente vigilada por guardias armados.

Caminaron por un intrincado laberinto de túneles hasta llegar frente a una imponente puerta de aleación metálica.

Melisa se sometió a un triple escaneo: iris, huella dactilar y reconocimiento de voz. La puerta se deslizó en absoluto silencio.

Lo que apareció ante los ojos de Dani, un hombre de inmensa experiencia, logró dejarlo pasmado por unos segundos.

Era un enorme salón circular, con un sistema de control ambiental impecable. Una luz suave caía desde el techo abovedado, bañando una vasta colección de objetos organizados meticulosamente. Pero no eran armas frías ni tecnología militar; eran tesoros invaluables, legados de miles de años de civilizaciones perdidas.

Había calderos ceremoniales imponentes, discos de jade que destilaban un brillo cálido y sereno, figuras de caballos en colores vivos, finas piezas de cerámica que simulaban porcelana antigua. Y no solo reliquias de Monteverde; también sarcófagos egipcios exquisitamente pintados, estatuas cubiertas con láminas de oro de la antigua Grecia, deslumbrantes óleos del Renacimiento e incluso tablillas de escritura cuneiforme provenientes de Mesopotamia...

Antigüedades invaluables de todos los rincones del mundo descansaban en ese lugar. Cada una de ellas habría causado un verdadero escándalo en las mejores casas de subastas del planeta, pero allí estaban reunidas como si fueran meros adornos de una sala de estar.

“¿Es tu colección?”, preguntó Dani, acercándose a una antigua estatua de Cristo. Paseó los dedos a escasos milímetros de la estatua, asombrado por la serenidad y piedad de sus rasgos. Ni siquiera él, con todo su poder, había visto tantas maravillas juntas.

“Esto es un museo de primera categoría. ¿Compraste todo esto?”.

“Algunas cosas las gané en subastas. Otras, simplemente se las quité a gente que no merecía tenerlas”. Melisa caminó hasta su lado y señaló varias antigüedades originarias de Monteverde. “Estas reliquias fueron robadas hace décadas durante las guerras y terminaron repartidas por el mundo. Han estado a mi cuidado bastante tiempo; llévatelas de vuelta a nuestro país”.

Dani la miró profundamente a los ojos.

“Sabes perfectamente el inmenso costo que tuvo conseguir todo esto. ¿De verdad quieres que me las lleve para donarlas?”.

“Quiero que tengamos un hogar seguro y feliz, lejos de los peligros y los problemas. Tendremos nuestros propios hijos, y cuando crezcan, los llevaré a la escuela, jugaré con ellos a lo que quieran. De vez en cuando, saldremos a disfrutar un día de campo en el lago, o nos escaparemos de vacaciones a gozar de nuestro tiempo a solas”.

Dani bajó el rostro, a milímetros de besarla, y su voz se volvió un susurro aterciopelado: “¿Crees que podamos lograrlo?”.

Melisa enredó sus brazos en el cuello del hombre. “Será un poco difícil. Para empezar, necesitamos hacer un bebé, y esa clase de vigor pertenece a los más jóvenes”.

Dani soltó una risita gutural y, finalmente, capturó sus labios. “En efecto”.

Entre los intensos besos y roces apasionados, murmuró: “Deberíamos tener un hijo”.

Melisa lo empujó suavemente, retrocediendo hasta que sus espaldas chocaron contra la resistente vitrina que exhibía antiguas litografías. El enorme tapiz cayó al suelo, formando un lecho improvisado.

Las prendas de vestir fueron deslizándose una a una, cayendo al suelo frío para compartir el espacio con siglos de historia y polvo ancestral.

Ahí mismo, entre los pasillos colmados de historia, sus cuerpos se fundieron al unísono, dejándose llevar por el calor de la pasión.

Allí, nadie se atrevería a molestarlos.

Las respiraciones agitadas y los gemidos ahogados resonaron por todo el inmenso salón, rebotando contra los antiguos metales, rozando las finas pinturas de seda y mezclándose con la mirada silenciosa de los artefactos milenarios.

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